24 de octubre de 2004

 

2. Homilía

(Fernando García)

 

            Que el Señor ponga en tus labios su palabra y en el nombre del Padre, y del Hijo y del ES. Creo que eso es muy importante en nuestra vida. Se trata de proclamar el evangelio con la vida. Todos estamos en este proceso de trasformación, tenemos que llegar a ser lo mismo que recibimos… para que seamos lo que ya hemos recibido. Hemos sido llamados a ser palabra de Dios.

 

            Una imagen muy buena es lo que se hace en la Eucaristía… Dios mismo quiso instituir la eucaristía como una presencia de la misión que él estaba realizando… como el Padre me envió así os envío.

 

            Toda nuestra formación es para que lleguemos a no ser nosotros sino Cristo. Esto se ve muy bien en la Eucaristía. … Y esto se da por medio de la palabra. … Una persona que realizó muy bien esto en su vida, junto con Jesús, fue María, que acogió la Palabra de Dios, que se hizo carne en ella. Nosotros tenemos que dejar de ser nosotros para ser Cristo, para realizar nuestra misión. Por eso necesitamos una gran dosis de vida en la presencia de Dios, o sea, que no nos influya la gente, sino que estemos influenciados por Dios. En nosotros los otros ven a Cristo. Esta es la gran fuerza de nuestra vida. “Yo tengo una comida que vosotros no conocéis”. La cita que más meditaba hoy es la anunciación (Lc 1,26).

 

            Dios quiere hablar a África, como lo hizo con María y, a través de África, al mundo entero.

 

            Como María nuestra reacción debe ser la de creer que se va a realizar. Quería hablaros de la fe, diferencia entre la cantarina del Magnificat y el mudo Zacarías… Creer que. Primero la fe… En la oración colecta hemos pedido a Dios que nos aumenta la fe para no ver el pan sino a Cristo, es decir, ver lo que hay después de proclamar la palabra y no ver lo que hay antes. Hemos de pronunciar la palabra creyendo. La persona será consagrada si al predicar creemos, si no soy yo que vivo sino Cristo en mí. Esta es nuestra misión. No se trata de hablar por hablar. Hay que hablar porque Cristo quiere hablar, te lo dice y tú lo escuchas. Y después sigue la oración diciendo: auméntanos la fe la esperanza y la caridad y prosigue con la segunda parte y para que podamos obtener lo que prometes, haznos amar lo que nos mandas. Pediría esto al Señor: Enséñanos a amar lo que nos mandas.