28 de octubre de
2004
1. Pautas de oración
(Filipe
Vaz Pardal)
1. Hoy nos ocupará el tema del gobierno. Según como se mire puede ser un poco árido o no. Yo creo que no lo es, si lo abordamos de dos maneras. Primero nos acercaremos a este tema desde la espiritualidad, y más tarde (en la ponencia), lo veremos de manera técnica. Esta mañana intentaba acercarme a este tema desde la espiritualidad.
Estamos en búsqueda de una estructura adecuada a nuestra misión. Conviene tener en cuenta que ninguna estructura ni institución es perfecta. Debe ser siempre completada y superada por un espíritu que potencia lo que la comunidad quiere vivir. Si no hay un espíritu, la estructura en sí no va garantizar nada. En este momento, nos hemos de centrar sobre todo en la estructura que somos cada uno de nosotros.
Para iluminar este tema, partía de mi vocación, como han habéis hecho estos días casi todos lo que habéis predicado, no mi vocación desde los inicios, sino esa llamada que me hizo el Señor hace aproximadamente tres años. Participar en el gobierno de la comunidad o en algún cargo de responsabilidad en la comunidad al nivel que fuera es una llamada de Dios, es un carisma, no es un logro ni una adquisición. Puede ser un carisma dentro del carisma. En una comunidad lo más importante es la unidad y para desempeñar la misión de esa comunidad el señor distribuye distintos carismas a las personas. En Ef 4,1ss nos invita a llevar una vida digna de la vocación a la que hemos sido llamados, soportándoos unos a otros con mansedumbre.
Un solo espíritu, una sola comunidad una sola fe una sola misión. Un solo carisma. Para ello el Señor distribuye distintos dones…. Unos apóstoles otros doctores,… todo ello para el servicio del ministerio y para la edificación del cuerpo. Hay una sola misión. Un sólo carisma que queremos vivir y para bien de ese ministerio, el Señor distribuye distintos carismas. Un carisma es una llamada que se recibe del Señor: Is 42, 1-4: He aquí… mi siervo…
2. Como en toda vocación, no siempre uno que la tiene la quiere o reconoce que la tiene, no siempre uno lo quiere recibir. Por otra parte, cuando alguien dice que la tiene... “aquí estoy yo que tengo la vocación de gobierno”... empezamos a temblar. Es un espíritu que se recibe; es una misión que requiere ser desempeñada con el espíritu del Señor. «He puesto mi espíritu sobre él», con todos sus dones: Fortaleza, Entendimiento, Sabiduría, Consejo, Ciencia, Temor de Dios y Piedad. No se puede entender el gobierno, ni se puede pretender participar de la responsabilidad de la comunidad sin recibir este espíritu, sin estar verdaderamente acompañado por Él. Y este Espíritu entra en nuestras vidas rompiendo los cristales, como escuché un día en la predicación de un sacerdote: “hay gracias que entran en nuestras casas, rompiendo los cristales...”. Nos encuentra desprevenidos, poco preparados y, sobre todo, sin ganas, a deshora. Se mete en nuestra vida el Espíritu. Invade nuestra privacidad, destruye nuestros proyectos y planes y nos lanza en otra dirección. Una cita que ilustra esto, es la llamada de Dios a Gedeón (cf. Jc 6,11-18). Dios irrumpe en la vida de Gedeón, lo llama valiente…Con cierta ironía le dice “vete con toda tu fuerza a liberar el pueblo”, cuando Gedeón era el m’as pequeño de una familia pequeña...El Señor probablemente se refería a que ese era el tipo de fuerza que necesitaba de Gedeón, su pequeñez.
3. El gobierno es un servicio a la fraternidad. Aquí me gustaría centrarme. Servicio = dejar de ser yo el centro de mi vida para poner al otro en el centro; sentar al otro a la mesa y empezar a servirlo (Lc 12,35-37). Lc 22,27. Y continúa: los reyes de la tierra las tiranizan… Lc 22, 24-26. La llamada a servir es contraria a las propuestas del mundo. Es una llamada a la madurez y el apóstol en algún momento de la vida tiene que dar este paso. Es la hora del apóstol como la hora de Jesús (Jn 13). Es una hora que llega antes de lo que pensamos. Es la hora de optar por él en contra de mi voluntad, como lo fue para Jesús. Es la hora en la que siente su alma turbada y opta por la voluntad del Padre y no por la suya. Esto es lo que nos realiza verdaderamente.
Para que se dé nuestro crecimiento debe darse un momento en el que la persona opta por servir libremente. «Cuando eras joven te ceñías… cuando seas viejo… otro te ceñirá… Y después de esto añadió: Sígueme» (Jn 21). El motor y el centro de tu vida es el otro.
4. Este modelo de servicio lo encontramos en la eucaristía, por eso en la eucaristía se forja la personalidad del apóstol. El servicio es un lugar de encuentro con Cristo. El servicio te deja sólo, te vacía totalmente de ti mismo. Más aún, una vida de servicio está siempre entre la soledad y la plenitud, porque el que sirve no vive para sí mismo, no busca su interés, y al final se siente sólo. Tal fue la experiencia de Jesús: «Sabed que llega la hora en que me dejaréis solo». Es como si les dijera: Sabed que llega la hora en que mi entrega por vosotros, me hará sentirme solo. «Pero no estoy solo…»
Vivir sirviendo te hace quedar solo, pero no estoy solo porque el Padre está conmigo. Es una soledad que se sufre, pero a la vez es la puerta para la plenitud. Es la posibilidad de estar lleno por haberme vaciado. Y si no lo hago, por miedo a estar solo, no podré conocer la plenitud de Cristo. Servir es perder la vida, por eso nos resistimos tanto. Tu vida es que los demás se sientan cómodos. Tu misión es lavar los pies, hacer a la gente sentirse cómoda para hablar para poder compartir para poder expresarse. Lavar los pies en la cultura judía era para poder sentarse a la mesa. Vivir hacia dentro de la comunidad es poco gratificante…
En Jesús se ve, pues, un amor a los que están cerca de él, a los que conviven con él y es allí donde él concreta su amor.
5. Esto es un resumen de lo que yo entiendo como participación en el gobierno de la comunidad. «El que ama su vida la pierde –dice el Señor–» (Jn 12,25). Esta actitud de entrega y de servicio nos pone verdaderamente en oración. Últimamente mi oración no es tanto de sentimientos, pero veo que la actitud de servicio me pone en oración y me da luz para interpretar lo que me pasa y lo que siento (Rm 12,1-2). Son muy distintas las lágrimas de la tristeza de las lágrimas de las bienaventuranzas. Es muy distinto estar solo o sentirse solo por el propio pecado, que estar solo por haber optado por Cristo.
6. En este día, pidamos al Señor, y también a Maria que anticipó la hora de Jesús y acompañó a los apóstoles a entender su hora, que ella nos acompañe en la oración de hoy, ella que hizo de toda su vida un servicio.