30 de octubre de 2004

 

2. Ponencia: El voto de pobreza en la vida consagrada[1]

 (Alphonse Dzonang)

 

 

0. Introducción

                  

Soy consciente de que es una gran responsabilidad para mí, hablar de pobreza en el marco de la vida consagrada, por eso, le pido a Dios la gracia de no alejarme demasiado de lo que Él espera de nosotros, y en caso de que me desvíe (como pasa con frecuencia) de su Voluntad, que el Espíritu me reconduzca a ella por medio de vuestras aportaciones.

 

Además, el hecho de que yo sea el que menos tiempo lleva en la comunidad, me hace esperar que seréis indulgentes conmigo, en caso de que me desvíe.

 

Cuando se habla en África de la pobreza en la vida consagrada, más de uno se pregunta si la pobreza evangélica es para los africanos o si África no es ya demasiado pobre como para que encima se le proponga la pobreza evangélica. ¿No será desviar a los africanos, de su legítima preocupación por el desarrollo, el predicar la pobreza evangélica?

Y, si la pobreza evangélica es también para África, ¿cómo vivirla, en lo concreto, como misionero VD, en medio de un pueblo que vive en la miseria ?

 

Estas son algunas de las preguntas a las que intentaré proponer una respuesta. Para ello, voy ha hacer una exposición en tres partes. En un primer momento, trataré de definir la pobreza evangélica a la luz de la vida de Jesús de Nazaret y de algunos textos del Magisterio. En la segunda parte, veremos si la pobreza evangélica es también para África. Finalmente, reflexionaremos sobre cómo vivir la pobreza evangélica, en este contexto africano, como misioneros VD.

 

1. La pobreza evangélica

 

En la vida consagrada sólo se puede hablar de pobreza en cuanto pobreza evangélica, porque la pobreza en la vida consagrada no es más que un medio, para vivir con mayor radicalidad, la actitud de desprendimiento que Jesús aconseja a todos los cristianos. La misma expresión « pobreza evangélica » nos hace entender que no toda pobreza es evangélica  ni responde a la pobreza que Jesús vivió, predicó y nos invita a vivir.

 

Como veremos más tarde,  la « pobreza evangélica » no tiene nada que ver con la « miseria ». Ésta es «la situación infra-humana de aquel que no dispone de los bienes materiales elementales necesarios, en un entorno cultural determinado, para vivir conforme a la dignidad humana » (Dominique Notomb). De hecho, la miseria ha sido siempre combatida y considerada por los cristianos como un mal.

 

1.1. Jesús, modelo de la pobreza evangélica

 

No podemos comprender el valor de la pobreza cristiana sin referirnos a Jesús de Nazaret que, según palabras de S. Pablo, «siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza » (2Co 8,9). Este versículo del NT nos sitúa en el marco adecuado para nuestra reflexión. La pobreza del Señor está íntimamente ligada al Misterio de la Encarnación.  Él, siendo de condición divina, se hizo pobre despojándose de todo, asumiendo nuestra condición humana, hasta morir de manera ignominiosa, en una cruz (cfr. Flp 2,6-10). Hecho hombre, Jesús eligió voluntariamente la condición más pobre, más humilde que pueda existir. Y todo esto, por amor, no por la pobreza en sí misma, sino para enriquecernos a nosotros. Esta pobreza, agradable al Padre, le valió la glorificación eterna. Todo esto tiene un significado profundo en cuanto a la reflexión que queremos hacer sobre la pobreza.

 

Remarquemos, antes que nada que, porque Jesús era rico de la verdadera riqueza, pudo hacerse pobre. El fundamento de la pobreza evangélica auténtica es poseer la verdadera riqueza. Jesús, Dios y Hombre verdadero, poseía la plenitud de la verdadera riqueza, más aún, Jesús es la encarnación de esta riqueza : « en Él reside, corporalmente, la plenitud de la divinidad » (Col 2,9). Así, siendo rico, en el buen sentido del término, Jesús vivió y predicó la pobreza evangélica.

 

1.1.1. Jesús al inicio de su vida pública

 

Cuando Jesús inicia su vida pública realiza una serie de opciones que nos hablan de los diferentes aspectos de su pobreza. Lo primero es la ruptura con su entorno familiar : la pobreza evangélica, en Jesús, se manifiesta como desprendimiento de su familia. Los evangelistas son sobrios a la hora de hablarnos de este aspecto, pero algunos pasajes nos indican la radicalidad de esta opción de Jesús. Cierto día, los suyos vinieron « para llevárselo a casa porque decían que había perdido el juicio » (cfr. Mc 3,31). Llegados donde Él estaba, le hicieron llamar, pero Jesús, libre de compromisos familiares, respondió : « ¿quiénes son mi madre y mis hermanos ?... Y paseando la mirada en torno a los que le rodeaban, les dijo : estos son mi madre y mis hermanos, los que hacen la Voluntad de mi Padre » (cfr. Mc 3,31-35). Esta ruptura con su entorno socio-familiar es un rasgo de la pobreza-desprendimiento de Jesús, que no se conforma sólo con practicarla, sino que la exige a quienes quieren ser sus discípulos : « si alguién viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, hermanos, hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo » (Lc 14,26). Más aún : « deja que los muertos entierren a sus muertos ; tú vete a anunciar el Reino de Dios » (Lc 9,60) es la respuesta de Jesús a quien le pide permiso para ir a enterrar a su padre antes de seguirle. Esta pobreza de Jesús plantea el problema espinoso de la relación del cristiano con su familia, sus padres y  toda la parentela que conocemos  como  gran familia. No vamos a tratar de resolver este problema aquí, pero sí plantearnos la cuestión del significade de este rasgo de la pobreza en Jesús. ¿Qué experiencia de riqueza interior le da a Jesús esa libertad de los miembros de su familia, y legitima, de alguna manera, esa forma de actuar ? Para intentar responder a esta pregunta, afirmo con el P. Nothomb, que el fundamento de esta pobreza no es otro que la toma de conciencia de una vocación, de una llamada interior, cuyo descubrimiento, don del Espíritu Santo, es en la vida de una persona un acontecimiento de una riqueza espiritual incomparable.

 

El Bautismo de Jesús : la pobreza evangélica como camino de humildad

 

Jesús se coloca entre los pecadores, se pone a la fila con ellos, se abaja y desciende al Jordán. Él, que no tiene pecado, comparte la suerte de los pecadores para « cumplir toda justicia » (Mt 3,15) para obedecer a Dios. Una vez fuera del agua, los cielos se abren y el Espíritu Santo desciende sobre Él como una paloma. Es el signo de la presencia de Dios, de la paz y de la santidad. Esto nos descubre una característica muy importante de la pobreza evangélica : va acompañada de la alegría, de la paz, de la plenitud interior. Arranca de una experiencia de plenitud y conduce a una experiencia de plenitud aún mayor. Jesús se abaja para dejarse elevar, se empobrece para dejarse enriquecer, de despoja para dejarse llenar plenamente.

 

Jesús en el desierto : la pobreza como experiencia de privación voluntaria.

 

En este aspecto de la pobreza, al inicio de la vida pública de Jesús, llama la atención, desde el inicio, la expresión : « movido por el Espíritu » (Mt 4,1) que nos presenta  la pobreza evangélica como una iniciativa divina y no humana. Ciertamente, aquel que no ha gustado de la riqueza de Dios no puede entrar en una experiencia de pobreza evangélica. En el desierto, Jesús siente necesidad : «no comió nada durante esos días » (Lc 4,2). Jesús experimenta voluntariamente el hambre, como todos los que viven en la miseria, compartiendo, así, su condición.

 

1.1.2.- La pobreza de Jesús en su vida pública

 

Si al inicio de su vida pública, Jesús manifiesta su opción por la pobreza como desprendimiento, abajamiento, experiencia voluntaria de necesidad y de solidaridad hacia los pobres, durante su vida pública, la manifestará de una manera más clara todavía, a través de su estilo de vida y de su opción en favor de los más pobres : una vida itinerante.

 

Al inicio, los evangelistas hablan de « una casa » (Mt 9,28). Para muchos, se trata de la casa de Pedro en Cafarnaún. Jesús dirá que Él no tiene dónde reclinar la cabeza. Esto significa que no tenía un domicilio fijo. Con sus discípulos pasará varias veces la noche en un huerto, bajo los árboles. Esto nos muestra la desinstalación, la total disponibilidad y el género de vida sobrio y austero que vivió Jesús. Este estilo de vida itinerante es para todo cristiano una fuente de inspiración de un gran valor simbólico. En efecto, nos revela que somos extranjeros sobre la tierra (cfr. Hb 11,13) que nuestra patria es el Cielo (cfr. Hb 11,16) que no tenemos aquí abajo ciudad permanente (cfr. Hb 13,14) que el tiempo es breve y la figura de este mundo pasa (cfr. 1Co 7,29-31). Nos invita, así, a la desinstalación y  a no cargarnos con demasiadas cosas, en el sentido de lo frágil y precario de las cosas de este mundo, que, además, no son definitivas sino pasajeras.

 

La vida económica de Jesús y de los suyos

 

En Nazaret, durante su vida oculta, Jesús vivía, sin duda, del trabajo de sus manos. Pero, en su vida pública, hay un cambio radical : «Él no vive más de su trabajo manual » (P. Nothom), a partir de entonces, vive de lo que le dan. Algunas mujeres siguen a Jesús y a los Doce, asistiéndoles con sus bienes (cfr. Lc 8,1-3). Con frecuencia le invitan a comer y acepta. Los evangelistas nos narran la comida en casa de Mateo, el publicano ; en casa de Zaqueo, el recaudador de impuestos ; en casa de Marte y de María ; en casa de Simón, el fariseo, etc. si bien, el grupo de los Doce tiene un fondo común (cfr. Jn 12,6) con el que, a veces, compran provisiones. Excepto su estancia en el desierto, no se ve en los Evangelios, que Jesús o sus discípulos vivan en la miseria. Al contrario, mientras que los discípulos han vivido con Él « no les ha faltado de nada » (cfr. Lc 22,35)

 

Sin embargo, es claro que para Jesús, la comida y el dinero es una cuestión marginal. Él tiene otro alimento: « cumplir la Voluntad de Dios y llevar a término su obra » (cfr. Jn 4,34). Cuando por olvido no llevan comida para el viaje, no es una catástrofe ni un motivo de inquietud (cfr. Mt 16,5-12). Además, comer no es su preocupación, a veces, ni Él ni sus discípulos tienen tiempo de comer (cfr. Mc 3, 20 ; 6,31). Otras veces, comen espigas de trigo que encuentran en el camino (cfr. Mt 12,1 ; Mc 2,23).

 

Concluyendo, podemos afirmar que Jesús y sus discípulos vivían con sencillez, como la mayoría de su pueblo (a diferencia de Juan Bautista), sin ninguna búsqueda de llamar la atención, sin negligencia, vistiéndose como todo el mundo, sin un tipo de comida especial. Jesús ha vivido con sencillez, de una manera digna, con una gran libertad frente a los bienes materiales y al dinero. No los ha despreciado, pero tampoco los ha codiciado. Su corazón tenía otra preocupación y otra riqueza: hacer la Voluntad de su Padre y llevar a cabo la obra que el Padre le había encomendado. Este estilo de vida es exigido para

esta misión suya.

 

Ante esta manera de vivir de Jesús, no me atrevo a preguntar cómo resolveremos nuestras necesidades, las más elementales, al tiempo que buscamos la mayor eficacia en la misión que se nos ha confiado.

 

Después de este recorrido rápido por la manera de vivir la pobreza de Jesús, ¿qué decir de la pobreza evangélica?

           

1.1.3. Intento de definición de la pobreza evangélica

 

Desde el punto de vista interior, la pobreza evangélica es el desprendimiento de todos los bienes creados como consecuencia de haber encontrado un Bien incomparablemente mayor (cfr. Mt 13,44-46)

 

Desde el punto de vista exterior, la pobreza evangélica es la renuncia a toda acumulación de bienes materiales, al lujo y al consumismo (cfr. PC 13). Así mismo, se traduce en un compartir con los pobres, haciéndose solidarios con Cristo pobre en los pobres (cfr. PC 13 ; CFMVD 72).

           

Podemos decir, con Juan Pablo II, que « la pobreza evangélica es sumisión de todos los bienes al Bien Supremo que es Dios y su Reino » « sólo aquel que contempla y vive el Misterio de Dios como Bien único y supremo, como verdadera y definitiva riqueza, puede comprender y vivir la pobreza evangélica. No es un desprecio o rechazo de los bienes materiales, sino el uso de los bienes con un corazón libre, en una renuncia alegre y con una gran disponibilidad interior para Dios y para sus caminos » (cfr. Pastores dabo vobis 30)

 

« Así, la pobreza evangélica confiesa que Dios es el único Bien supremo del hombre. Vivida al estilo de Cristo que, siendo rico se hizo pobre, la pobreza evangélica se constituye en expresión del don total de sí que viven mutuamente las Personas Divinas » (cfr. VC 88)  

 

2. La pobreza evangélica, ¿es también para África?        

 

Preguntarse si el voto de pobreza es también para África, tiene como trasfondo la pregunta si África no es ya lo bastante pobre como para que alguien se atreva a hablarle de pobreza evangélica ; si la pobreza evangélica no es una manera de distraer a los africanos, impidiendo que luchen por salir del subdesarrollo.

 

Estas preguntas tienen su raíz en un hecho histórico : la coincidencia de la evangelización del África subsahariana con la colonización. Hay que decir que, si bien esta sospecha acerca de la pobreza evangélica no está en el corazón de la mayoría de los consagrados africanos, si que está en el de muchos africanos, y tiene que ser un motivo más, para que nosotros podamos afirmar alto y fuerte, que el voto de pobreza evangélica tiene sentido también para África. De hecho, la pobreza evangélica no es una realidad marginal, y menos aún superficial de nuestra Fe cristiana, sino que toca el núcleo más profundo de la Revelación cristiana.       

 

No podemos dejarnos engañar fácilmente por el lenguaje, hablando de « consejo evangélico » y pensar que en cuanto consejo evangélico, la pobreza evangélica es algo opcional, facultativo, de manera que se pueda ser plenamente cristiano sin paracticarla. En realidad, la pobreza evangélica concierne a todo bautizado. Y como consagrados, nosotros tenemos la obligación de vivirla con la mayor radicalidad posible.

 

La pobreza evangélica está íntimamente ligada al Misterio de Cristo, que siendo rico, por nosotros se hizo pobre, para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Co 8,9) Si nosotros nos beneficiamos hoy de todas las bendiciones del Espíritu, si « hemos recibido de Él gracia tras gracia » (cfr. Jn 1,16) es porque Él se hizo pobre. ¿Cómo podemos rechazar la pobreza de Cristo a la vez que nos beneficiamos de lo que ella nos ha adquirido ?

 

Y Jesús no sólo la ha vivido, sino que la ha predicado y la ha puesto como condición a todos los que quieren ser sus discípulos. Por eso, la pobreza evangélica no es algo opcional para ningún cristiano. Nuestras constituciones añaden que la pobreza evangélica es necesaria por tres razones : la Fe en la Vida Eterna, el testimonio y la predicación de esta Vida, y la solidaridad hacia todos aquellos que viven en la más absoluta miseria (cfr. CFMVD 74)

 

Resumiendo, preguntarse si los africanos no son ya bastante pobres como para que encima se les predique la pobreza evangélica, es desconocer la Fe cristiana. El voto de pobreza para el consagrado africano no es una carga añadida a su consagración o algo impuesto que tiene que asumir porque no le queda más remedio. Sin embargo, se constata que en la práctica, los africanos tienen mucha dificultad para vivirla, sobre todo, en lo que concierne a la buena gestión y a la claridad en las cuentas. Es urgente preguntarnos si no habrá un condicionamiento socio-cultural que está a la raíz de todo eso, y si es así mirar cómo superarlo.

                              

3. ¿Cómo vivir la pobreza evangélica como misioneros VD en África?

 

Según las Constituciones VD, la pobreza evangélica del misionero es participación en la pobreza de Cristo (cfr. CFMVD 70) y tiene como razón de ser la caridad para con Dios y con el prójimo (cfr. CFMVD 71) Individual y comunitariamente expresa la solidaridad con los más pobres. Implica una dependencia y limitación en el uso y la disponibilidad de los bienes  tanto interna como externamente.

 

Así comprendida, la pobreza evangélica encuentra muchas dificultades para ser vivida en lo concreto en el contexto africano, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de los africanos viven en la miseria, muchos no tienen la posibilidad de vivir en un hábitat decente, no tienen acceso a los cuidados médicos, en las familias no todos los hijos tienen la posibilidad de ir a la escuela.

 

Mientras tanto, los misioneros comemos tres veces al día, tenemos fácil acceso a los cuidados médicos, podemos ir a estudiar en universidades a las que normalmente sólo tienen acceso los hijos de ministros. Ante esta realidad, uno se pregunta, puesto que la pobreza evangélica es solidaridad con los más pobres, si tiene que vivir en la miseria como la mayoría de la gente o bien buscar cómo ayudarles a salir de esa situación.

 

Lo cierto es que no podemos vivir en las mismas condiciones de miseria de la gente si queremos realizar la misión que se nos ha confiado. Más aún, viendo el contraste que existe entre nuestra manera de vivir y la suya, las personas que nos rodean nos tildan de ricos. En nuestras propias familias nosotros somos los más instruidos; en nuestros pueblos, nos encontramos entre las élites. Ante esta realidad, un misionero VD africano se pregunta cuál es la pobreza evangélica que tiene que vivir para ser testimonio para aquellos que le rodean y que al mismo tiempo tenga un sentido para él mismo y traduzca su pertenencia a Cristo.

 

Cuando fuimos a fundar a Bafoussam, por motivos de apostolado, nos instalamos en el barrio Tougang. Mientras que buscábamos casa, encontramos una antigua panadería donde la comunidad vive actualmente. Cuando fuimos a ver al propietario para pedírsela, él nos propuso una casa con planta y piso que había en frente, pero por motivos de pobreza, rechazamos esta oferta. Cuando nos instalamos en el desván, para algunos era un testimonio de pobreza, para otros era motivo de burla. Para mi hermano Dany (europeo) era una manera de identificarse con Cristo pobre, para mí (africano, acostumbrado desde mi infancia a esas condiciones de vida precarias)  no había ninguna novedad.

 

En el 2001, nos fuimos a estudia a Yaundé, quisimos compartir las condiciones de los más pobres, así que nos fuimos a vivir a un barrio en terreno pantanoso. Al final del año hicimos el balance: por un lado nos habíamos acercado a los más pobres y ellos se habían alegrado de nuestra presencia; por el otro,  habíamos pagado este acercamiento con nuestra salud que se había resentido con las picaduras de los mosquitos y los malos olores. Con todo el respeto que me merece esta experiencia, sinceramente me pregunto si es ese el testimonio de pobreza que tenemos que dar en África. Además, me pregunto ¿cuál es el tipo de pobreza evangélica que me puede ayudar a identificarme con el Cristo pobre del Evangelio y que puede ser un signo para todos los que me rodean y que me ven vivir?

 

Si tengo que ser sincero conmigo mismo, he de decir que la pobreza que más me ha hecho sentirme uno con Cristo, participando de su pobreza, ha sido la pobreza evangélica entendida como desprendimiento total  de mí mismo, para ponerme totalmente al servicio del Evangelio. Para los que me rodean, lo que les admira, es la pobreza que me hace cercano a ellos y que les acoje.

 

Para terminar, os invito a reflexionar sobre otra cuestión: si en una ciudad tenemos la posibilidad de tener dos comunidades, ¿las dos tienen que estar en barrios pobres?

 

4. Conclusión

           

Después de todo lo que hemos visto, no hay duda de que la pobreza evangélica es una realidad, también, para África, puesto que no es algo marginal o periférico en la Fe cristiana ; al contrario, se sitúa en el corazón del Misterio, de la Vida y de la enseñanza de Jesús. Supone haber descubierto a Dios como el Bien supremo y definitivo.

 

Sin embargo, tenemos que reconocer que a los africanos nos resulta difícil vivirla por lo que es necesario que nos preguntemos si esas dificultades, o al menos algunas de ellas, no tendrán sus raíces en el contexto socio-cultural africano.           

 

Después de haber visto, como misionero VD africano, trabajando en África, que nuestra pobreza evangélica no debe ser la identificarnos con la miseria social que nos rodea, nos queda la tarea de definir claramente qué es lo que debe ser.

 



[1] Traducida por Rosa Ortega del original en francés