1 de noviembre de
2004
1. Pautas de oración
(Rosa
Ortega)
Yo
creo desde que nos mandaron la invitación a las Jornadas y vi que me tocaban
las pautas de oración, fue como la experiencia de ver la gran confianza de
Dios. Dios cuenta con nosotros para el mundo y para África; pero para el mundo,
porque no veo que el africano sea distinto del europeo. En realidad son
distintas las circunstancias, pero distintos no lo somos.
Al
meditar hoy sobre la castidad me ayudaba mucho lo que nos dijeron el primer día
de estas Jornadas: Dios es el Señor de la historia; Dios es el Dios de la vida,
es el “totalmente otro”, no es un Dios que yo muchas veces empequeñezco en mi
cabeza. Dios es Dios. (Y) este Dios nos llama.
¿Qué es
ser misionero? Ser misionero no es lo que hacemos, sino lo que vivimos
profundamente con Dios; eso nos hace misioneros. Y por eso me yo encuentro que
nuestra identidad como Verbum Dei es nuestra consagración a Dios. Somos
personas consagradas a Dios y esto misioneros, misioneras y matrimonios. (Y)
éste es el núcleo de nuestra misión. (Y) si no está este núcleo no tenemos nada
que decir a los otros; no tenemos nada que ofrecer a los demás.
En este
tiempo que llevo en África, las circunstancias son difíciles. (Y) sientes que
Dios quiere dar una respuesta. (Y) quiere hacer de nuestras vidas un motivo de
esperanza, pero no una esperanza ingenua, sino una esperanza fundada. (Y) el
poder dar un motivo de esperanza pasa por nuestras vidas consagradas.
[En
realidad], la pobreza, la castidad y la obediencia van juntas. No se pueden
separar. La castidad no es más que otra versión de la pobreza: ser pobre de
todos para no vivir de nada ni de nadir más que de Dios. (Y) esto vivido en una
experiencia de bienaventuranza, de paradoja, de contradicción, porque es la
experiencia de la plenitud que la vives vivida en una experiencia de soledad;
la experiencia de fecundidad que la vives en una renuncia a los hijos que
podrías tener. Pero que es verdad que Dios es capaz de llenar nuestros
corazones. (Y) para eso es el voto de castidad. Justamente no hace más que
crear un vacío en nosotros que sólo Dios puede llenar. Es dar un espacio a Dios
real en nuestras vidas. (Y) verdaderamente vivir la castidad es hacer nuestras
vidas fecundas; fecundas de la fecundidad de Dios, pero fecundas.
Una vez
Jaime nos sacudió muy fuerte en unos retiros y nosotras después le sacudimos un
poco a él, no sé si te acuerdas (mirada hacia Jaime Bonet presente en la
capilla). No cuento los detalles. Entonces dije: ¿sabes lo que te digo? Aunque
en mi vida tenga ningún discípulo a mi lado,
mi vida será fecunda, porque intento vivirla plenamente en Dios. La
fecundidad de nuestro apostolado no es el correr de aquí para allá. Es nuestra
vida entregada a Dios. (Y) eso lo tenemos que experimentar, y lo tenemos que
recibir como un don. A nadie de nosotros se nos hubiera ocurrido ser monja o
religioso, o ser cura, si no hubiéramos tenido un encuentro con Cristo que, de
alguna manera, nos ha revuelto la vida.
Yo estoy
en el grupo de vocación de nuestra parroquia y te das cuenta que hay personas
que quieren ser curas o mojas sin haber tenido este encuentro con Dios, porque
hay una imagen de la vida consagrada y uno se siente llamado a vivir esa
imagen. Entonces pueda que se viva la castidad o el celibato como un requisito
para ser cura o para ser religiosas y entrar en un convento. (Y) es imposible
vivir la castidad como un requisito. No podemos vivir la castidad si no es como
un don, como el reconocimiento de un don, un gran regalo que Dios nos da; no
porque el matrimonio no sea bueno. (Y) nosotros llamados a ser una fraternidad
eclesial yo creo que esto lo tendríamos que tener muy claro. No he optado por
vivir el celibato porque lo considero mejor que el matrimonio. He optado porque
es a lo que Dios me llamado a mí. (Y) es la respuesta que le estoy dando. (Y)
os digo de verdad que no me arrepiento de nada. Hace ya 22 años que estoy en la
comunidad y más tiempo que el Señor llevaba buscándome. (Y) no porque haya sido
fácil, sino porque Dios se compromete y está. Dios realiza su obra en nosotros.
Una de
las cosas que nunca se me había pasado por la cabeza es la de ser monja, os lo
aseguro. Pero yo conocí de nuevo a Jesús, porque el sacerdote que nos daba
religión era de cursillos de Cristiandad y me llamaba mucho la atención ver una
persona joven, alegre, con una alegría profunda. Y me preguntaba y éste hombre
de dónde la saca, porque no tiene mujer, ni hijos, ni novia, y el coche es de
mala muerte. Nos hablaba de Jesús de una manera que al final me hizo ir a una
convivencia. Iba cuestionada por la vida de este hombre. Yo digo [que] nuestras
vidas consagradas tienen que ser estos interrogantes que hagan a los otros
cuestionarse por Dios.
Yo digo
que nosotros misioneros/as Verbum Dei, no estamos llamados sólo a dar la
palabra; estamos llamados a ser una palabra de Dios para los hombres hoy. (Y)
eso supone una vida verdaderamente consagrada con la conciencia de que soy un
gran don: un gran don para mí y un gran don para la comunidad, un gran don para
la humanidad, y un gran don para los matrimonios, y los matrimonios también un
gran don para nosotros. Por eso me ayudaba mucho el pasaje de Rm 14,7-12: «En
efecto… si vivimos… En la vida y en la muerte del Señor somos.» Cuando uno
escucha esto y deja que resuene en su corazón, es la mejor noticia que podemos
dar a los hombres. «Si vivimos para el Señor, si morimos para el Señor…» Y Esto
me da la seguridad de mi vida. [ya sea] que me
encuentre en un momento de éxito de mi vida o me encuentre en un momento de
fracaso. Lo definitivo de mi vida es que mi vida pertenece a Dios. Y creo que
eso es lo que estamos llamados a ofrecer a los demás. Tu vida nos es una tierra
de nadie. Tu vida pertenece a Dios y por eso tienes una dignidad. Estás llamado
a vivir de pie, como decía alguien en una predicación hace unos días hablando
de aquella mujer encorvada que fue curada por Jesús. Yo creo que la castidad lo
que nos da es esta consistencia. Nos hace ser personas seguras, no de nosotros
mismos, sino de Dios, de la opción que Dios ha hecho por mí. (Y) esta opción
que Dios ha hecho por mí, es la que hace por todos los hombres, por todos los
cristiano, pero a mí me llama a manifestarlo de una manera totalmente radical.
Yo creo que esto es el voto de castidad, o sea, el amor de castidad es el amor
propio del cristiano, de una persona que no vive para sí mismo. (Y) yo creo que
esto es la vida consagrada. La vida consagrada no es solamente en función de
una misión que puede ser una actividad, para nosotros la predicación, para
otros cuidar enfermos, para otros dar clases.
La vida consagrada tiene una identidad propia y es manifestar que somos
pertenencia de Dios. Pertenecemos a Dios. (Y) esto es lo absoluto y lo
definitivo del hombre.
Muchas
veces tanta inestabilidad, y tantos sufrimientos, y tantos problemas y tantas
depresiones, a veces pensamos que en África no hay depresión, pero cada vez hay
más gente que pierde la cabeza por las situaciones, cada vez hay más
hipertensión arterial; la gente piensa que África es un continente tranquilo,
pero [de] tranquilo, nada, porque hay unas situaciones que te alteran tanto que
no… Podemos ofrecer a la gente una certeza. Estemos como estemos nuestra vida
pertenece a Dios.
También
me ayudaba Dt 7,6: «…Tú eres un pueblo consagrado a Yahvé.» cuando escucho esto
«…» me da una tal plenitud y una tal seguridad, que aunque nunca vea nada, como
Charles de Foucauld, yo soy una nación consagrada a Yahvé. Eso no depende del
exterior sino de lo que yo vivo en lo más profundo de mi corazón. Por eso me
daba cuenta también de que la castidad como os decía es bienaventuranza,
paradoja, plenitud en la ausencia, fecundidad en lo que no ves; es también don,
pero es también una tarea. No es algo que porque yo haya hecho votos ya está
hecho. No es que por estar en la comunidad ya lo vivo. Me ayudaba mucho lo que
nos decía un Jesuita: La castidad es una virtud y las virtudes son una manera
de comprometer la libertad en un dinamismo de vida.