1 de noviembre de 2004

 

3. Plenaria sobre la castidad, puesta en común de misioneros y misioneras

 

Misioneras

 

            –No se puede vivir la castidad sin el encuentro con Cristo. Este es el fundamento de la castidad.

            –Otro aspecto son las consecuencias de la castidad: el dar la vida sin reservas. Estar viviendo para los demás. Si el corazón no se entrega con totalidad se empequeñece. Se concreta en una gratuidad en la entrega, porque la paga está en Dios.

            –Castidad es capacidad de crear el reino. Una persona que vive la castidad es una persona que no hace acepción de personas en su relación con los demás.

            –La falta de castidad se vive en el corazón: estar enredados en nuestros pequeños problemas.

            –Es tener una mente despejada, una mente sana respecto a los hermanos.

            –Es un proceso dinámico de crecimiento de madurez humana y cristiana. No porque hagamos el voto no sentiremos ya nada. Conviene no asustarnos, sino reconocer todos los sentimientos y conocerse. En los momentos de dificultad nombrar qué es lo que nos está ocurriendo y aceptarlo.

            –No es algo que se realiza mágicamente sino con sufrimientos y dificultades. Todas estas situaciones difíciles nos podrían llevar a vivir internamente enraizados en Dios.

            –Exige una vida de oración: dialogarlo todo con Dios. También es importante el diálogo con los hermanos. Por ello nos hemos interrogados sobre nuestra forma de orar. Pasamos tantas horas ante el sagrario y tantas veces nuestra vida fraterna no funciona.

            –Higiene mental. Para ello es necesario guardar los sentidos. Es necesario que cada uno sepa por dónde se le escapa el agua (las revistas, las películas, la tele, etc…). Es triste tener que desahogarse con los discípulos.

            –Cuando la familia nos pregunta cosas hemos de tener razones serias.

            –La castidad hay que aprenderla a vivir hasta el final de la vida. No porque hayas entrado en años estás libre.

 

Misioneros

 

            Hemos empezado por responder a una pregunta. Cuando nos consagramos hacemos los votos y cuando nos ordenamos hacemos la promesa del celibato: ¿qué añade lo uno a lo otro? ¿Cuál es la diferencia?

            –Nos ha ido ayudando ver la diferencia hasta ver lo significan las palabras. Hemos visto necesario empezar desde allí, porque cuando no tenemos las cosas claras podemos llegar a creer que todos tenemos que vivir lo mismo, y en nuestra predicación exigimos a la gente sin tener en cuenta las opciones hechas. Entonces hemos considerado muy importante el que hemos de ir con muchísimo cuidado a la hora de ver y de hablar de los demás porque nos podemos condenar a nosotros mismos hablando de los otros. El Señor nos pide una vivencia diferente de los otros lo cual no significa que lo nuestro sea lo mejor.

            –Hemos de evitar el juzgar a los demás, porque a veces incluso en la vida fraterna, porque la luz que he recibido no es la misma que ha recibido el otro. Es importante que cada uno viva con fidelidad la luz que ha recibido; así podrá ayudar a su hermano.

            –No se trata de defendernos ni de presentarnos como los más sanos. Dios nos pone como luz para iluminar a los demás y no para deslumbrarlos.

            –Hemos de reconocer que no hemos tenido una educación sexual desde pequeños, en nuestra cultura y esto nos hace difícil pensar que puede haber una amistad real y sincera entre un chico y una chica. Esto lo hemos introducido en la comunidad. Nos ponemos nerviosos al ver al chico y a la chica del apostolado juntos. Al llegar a otro país sufrimos al ver cómo se relaciona la gente. La transformación de la mente tiene que ser un trabajo comunitario.

            –Hay detalles que reflejan una inmadurez humana en la vivencia de la castidad. Por ejemplo el poner a unos discípulos que vigilan a otros o a los misioneros; otro ejemplo un misionero conversando con una muchacha y llega la misionera y se lleva a la chica. También a nivel eclesial. Si creemos que puede haber un amor sincero, y nos ponemos nerviosos al ver tratar a los de la otra rama, todo se vuelve más difícil.

            –Hemos visto la castidad como la capacidad de amar gratuitamente. Cuánto más vivamos la castidad, más podremos amar con gratuidad.

            –En cuanto a los desafíos: 1) Cuestionar nuestra formación, la de los misioneros/as y la de los discípulos. 2) Crear ambientes de diálogo. La gente no cree en la castidad conviene saber dialogar con las personas que se plantean cuestiones. 3) Crear un ambiente que evite escándalo para los otros. No basta ser castos, hemos de tener en cuenta cómo la gente nos ve. Y si es posible llegar a saber lo que piensa la otra persona. 4) Hay un equilibrio que nos cuesta en la relación con las personas. Si eres cercano, tiene consecuencias. Si no lo eres, también tiene sus consecuencias. 5) La apertura. Lo más difícil es la apertura. Podemos ayudarnos mejor si somos capaces de dialogar con los hermanos de comunidad.