1 de noviembre de
2004
2. Ponencia sobre la castidad, Fraternidad de Kinshasa
(Virginie
Asuka)
Introducción
Empezaba
el tema con algunas preguntas que me ayudaban a profundizar en este tema: ¿Necesitamos una formación más
sobre la castidad? ¿Puede haber algo que no conozcamos ya sobre la castidad?
¿No tendría que ser más bien un cuestionamiento sobre cómo estamos viviendo
cada uno todo eso que ya sabemos?
Después de estas preguntas hacía la siguiente oración: “Señor, líbranos de vivir juntos, con
grandes ideales, pero buscando cada uno su propio interés personal.”
La
cita que hemos leídos al inicio nos introduce en el sentido de lo que voy a
exponer sobre el voto de castidad. La encontramos en Lc 11,17 y dice así: «Pero Jesús, que sabía lo que estaban pensando, les dijo: si una nación
se divide en bandos, se destruye a sí misma, y si una familia se divide, se
viene a bajo.» Leyendo este texto, entendía el voto de castidad como fuerza
y como comunión.
1. La castidad como una opción libre y radical por Cristo y una fuerza
La psicología evolutiva nos
ayuda a entender un poco más el sentido de nuestra opción libre por seguir a
Jesús. Afirma que la persona humana
está constituida por tres dimensiones:
- la dimensión intelectual = conocimientos
- la dimensión afectiva = sentimientos
- la dimensión corporal = cuerpo
La
experiencia cristiana afecta estas tres dimensiones:
- la dimensión intelectual: proponiéndonos una escala de
valores
- la dimensión afectiva: invitándonos a una relación
personal con Dios
- la dimensión corporal: ofreciéndonos una manera de
ser y de actuar
La
castidad es la
virtud cristiana que concierne a la
dimensión afectiva y corporal de la persona, es una cualidad del amor cristiano.
Cuando hacemos una opción por
vivir la castidad no somos neutros. Es una opción que no se puede forzar, tiene
que ser libre y supone:
-
que sé lo que quiero y trato
de adoptar una escala de valores para poderlo vivir.
-
Que voy a entrar en una
relación personal con Cristo.
-
Que quiero ser consecuente
con la opción realizada, es decir adoptar una manera concreta de vivir en el mundo.
La castidad es una opción por
Cristo, el cual un día se introdujo en mi vida, y debe integrar continuamente
todo mi ser persona, centrando y orientando mi afectividad y mi sexualidad.
No
seremos estables en nuestra vocación, si no vivimos la castidad como una opción
libre por Cristo. Solamente un celibato asumido
en libertad podrá integrar nuestra afectividad y nuestra sexualidad.
La castidad no anula nuestra
sexualidad, sino que la incluye de una manera integradora. La castidad es una
renuncia asumida.
EST. 305: “La castidad, más que
renuncia, es adquisición.”
Todos sabemos que la sexualidad
no se reduce a la genitalidad o actividad sexual. Es una manera de ser: somos
hombre o mujer, y eso implica una manera de ser y de actuar que configura
toda nuestra existencia.
Tenemos que llegar a asumir e
integrar nuestra sexualidad dentro de nuestra opción por Cristo, para que la
relación con los demás no sea superficial y que no nos bloquee o impida vivir
con serenidad.
Muchas veces
nuestro malestar y nuestras tensiones en la vida comunitaria, ¿no serán el
resultado de una sexualidad no integrada?
La castidad
es una manera de amar y de vivir que concierne a todo cristiano. No es simplemente un estado de vida de
celibato. Que una persona sea célibe no quiere decir que sea casta.
El hermano SIDBE, dominico de Burkina
Faso, dice: “ A la raíz de toda opción de vida, hay un
sacrificio radical”.
Nosotros los africanos, cuando optamos
por vivir la castidad, somos bien conscientes de que valoramos muchas cosas:
-
la
fecundidad: tener hijos
-
vivir
bien, y que nos consideren
Sabemos bien que esta opción tiene sus
exigencias:
-
1era.:
Dt 6,4: “amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.
-
2da:
Ef 5,1-2: “Sois hijos amados de Dios. Procurad pareceros a El y haced del amor
la norma de vuestra vida, pues también Cristo nos amó y se entregó a sí mismo
por nosotros como ofrenda y sacrificio que Dios recibe con agrado.”
-
1Jn 2,6: “Pues quien se precia de vivir unido
a Dios, lógico es que viva como vivió Jesucristo.”
La psicología evolutiva dice que la edad de 30-40 años es la etapa de los cuestionamientos, uno experimenta la necesidad de
una transformación en la propia vida con el deseo de concreciones en lo que
hace. Hay tres cosas:
-
Cuestionamiento
-
Transformación
-
Concreción
Cuestionamientos: ¿Por qué solamente yo y no el otro?
¿Por qué solamente el otro y no yo? ¿A caso no tengo derecho de vivir como todo
el mundo?
Transformación: Las cosas cambiarán, pero no
así... No me encuentro a gusto... Quiero
ser libre...
Concreción: Quiero vivir mi vida, no estoy en una
cárcel... Tengo que hacer algo por mi familia, por mi comunidad, por los
pobres...
Son buenas preguntas y deseos, pero muchas
veces les orientamos mal, buscamos un cambio exterior mientras que el cambio
tiene que ser interior
para poder crecer en la vocación. Cuando este momento no se orienta adecuadamente,
da
lugar a la hipocresia, al miedo a los responsables y aquí empieza el escándalo
para nuestro pueblo.
Es difícil distinguir un político de un
sacerdote, una religiosa de una ministra
o un religioso de un hombre de negocios...
Acabamos
cambiando la opción libre que
habíamos hecho por Cristo para vivir los valores del mundo, porque en
realidad experimentamos nuestra opción por vivir la castidad como una
“pérdida”.
El hermano SIDBE
pregunta: “¿Qué hemos hecho de la radicalidad de nuestra opción primera por
Cristo?” “Temo que la vida
consagrada a medida que crece y multiplica sus ramas y follaje, deje de ser un
signo claro para el mundo y para nosotros mismos de su verdadera naturaleza,
que no se perciba en ella la originalidad y frescura que caracteriza toda obra
del Espíritu.”
Ser sacerdote
o religioso en Africa, que lo queramos o no, es un valor, ser alguien, subir en
la escala social. Es la
imagen que hemos dado a la gente por nuestra manera de vivir. Y aunque seamos
“alguien” es para Dios, no para el mundo.
La falta de
claridad en nuestra vocación engendra una falta de confianza mutua, de apertura
y de preocupación por lo que es de la comunidad. Y esto tiene consecuencias: una doble vida: muchos
sacerdotes tienen su familia (mujer e hijos), muchas religiosas viven
pendientes de su promoción en la comunidad, en el trabajo que desempeñan,
corriendo detrás del dinero y del éxito...
El corazón deja de ser un corazón deja
de ser para Dios, el amor está dividido. La castidad es el
testimonio de vidas que pertenecen a Dios.
EST 310:
“Debemos buscar que nuestras amistades sean sanas”
EST 80: “Nuestra opción de vivir para Cristo, la vivimos en el Cuerpo de Cristo”
CVD 81: “La castidad debe ser la mejor prueba y argumento, el más convincente
de que el Amor de Cristo solo nos basta”
CVD 83:
“Estaremos atentos a todo lo que pudiera impedirnos o distraer de un amor
exclusivo del corazón a Cristo”
Cuando nos
decidimos a vivir la castidad con radicalidad, incluso en un medio religioso,
podemos ser considerados como “raros o molestos”. Los religiosos de mi parroquia se reunen cada mes
para comer, beber, bailar... ¿te crees que vas a cambiar el mundo?
Pero los religiosos no tenemos el
corazón de piedra: muchas veces no hay relaciones limpias, y somos un escándalo
para la gente.
Monseñor Théodore Adrien dice: “Las personas consagradas y las comunidades
religiosas tendrían que ser los cristales a través de los cuales se pudiera ver
una vida evangélica”
¿Qué quiere decir?
-
Que
tendríamos que ser signos de
-
Que
nuestra manera de vivir la consagración tendría que poder decir al mundo que el
Amor de Dios solo, nos basta.
A veces por
una cerveza o un pastel,
me puedo pasar horas en casa de un discípulo. A veces vendemos nuestra consagración
a un precio muy bajo. Por 1000 francos y el placer de una hora puedo vender a
Cristo. Desgraciadamente, por lo que oigo y observo, puedo decir que hay
demasiados corazones consagrados que corren detrás del dinero, del sexo, del
ambiente...
Tal vez estamos olvidando que la
grandeza del consagrado, también africano, se encuentra en nuestra capacidad de
vivir la castidad.
2. La castidad como generosidad del corazón
La castidad tiene mucho que ver con la generosidad
del corazón, que no es igual a:
-
Activismo
-
Búsqueda
de satisfacción personal en las cosas de Dios
-
Búsqueda
de intereses personales
Es un corazón generoso según Dios, para
el cual Dios es su satisfacción y su recompensa. Cuando nos buscamos a
nosotros mismos, esto
produce en nosotros un desequilibrio en nuestro compromiso, en el amor, en la
vocación, nos cambia completamente la visión de la consagración.
La castidad
es capacidad de salir de sí mismo. Esta capacidad es universal, pero permitidme que la considere como
algo particular en nosotros, los africanos, un don particular para nosotros
africanos.
CRISIS: La mayoría de las crisis de los
consagrados africanos proceden del hecho de que poco a poco dejamos de ser un don para el Señor para
preocuparnos por las cosas del mundo. La mirada, que al principio estaba puesta en el Señor y en los
hermanos, empieza a desviarse hacia nosotros mismos, y empezamos a reivindicar
nuestros derechos en la comunidad, porque nos parece que la comunidad tiene la
obligación de satisfacer todas nuestras necesidades. Y esto paraliza la
vocación.
La vocación a
la vida consagrada es un servicio (Lc 22,27) Cuando el
Señor nos llamó fue para que le imitáramos, para ponernos al servicio de la
comunidad y de nuestros hermanos, no
para que los otros nos sirvieran.
La castidad
es un don y una tarea. Es
un don de Dios, una Gracia, consecuencia del Amor, del encuentro con Cristo que
ha tomado posesión de todo nuestro ser. No es una privación, sino la expresión de la plenitud del
corazón que considera todo como una pérdida comparado con el conocimiento de
Cristo.
Es también
una tarea que exige la acogida del don de Dios en un dinamismo de crecimiento y de renovación
continuos, en una profundización cada vez mayor de la opción que hemos hecho
por Cristo, todos los días de nuestra vida.
La castidad
es capacidad de amar gratuitamente. La gratuidad determina la vivencia de la castidad: somos un don para
Cristo y para nuestros hermanos.
Por ejemplo: “Vamos a comer..., ¿qué necesito?
Falta esto y esto otro, ¿qué necesita el otro?”
En el Congo, las misioneras no
compramos ni aceite ni pepinos ni verduras ni berenjenas... Hemos ido varias
veces a vender los productos del terreno... y una pasa vergüenza...
La búsqueda
de nosotros mismos nos empobrece, mientras que cuando buscamos el bien de los demás salimos
enriquecidos nosotros mismos.
La
generosidad y la gratuidad nos hacen universales, fraternos: con un corazón abierto a todos y también a la realidad africana.
Cuando no
somos capaces de enfrentar nuestra realidad es porque tenemos cosas que no
queremos perder:
- mi idea de consagración
-
mi
cultura
-
mi
país
-
la
imagen de responsable que yo tengo
-
mi
costumbres
Es importante
renunciar a sí mismo par poder dar un horizonte amplio a la vocación y poder saborear la plenitud de un Amor universal. Y
cuando no saboreamos el Amor de Dios a fondo estaremos siempre tentados de
probarlo todo. Si no nos llenamos del Amor de Dios, tendremos que llenarnos de
otras cosas.
En un convento, el superior era un
blanco y los africanos no estaban contentos con su manera de gestionar en la
comunidad. Le remplazó un africano, y empezaron los problemas: se compró un
coche con el dinero de la congregación y vació la caja de la comunidad, las
entradas no llegaban para sostener el monasterio... y se acabó cerrando la
comunidad.
Cuando no tenemos una escala de valores
y el corazón centrado en Dios, ponemos continuamente en peligro a la comunidad
y a Cristo.
EST 170: “Que
todos los discípulos de Cristo se ofrezcan a sí mismos como una hostia viva,
dando testimonio de Cristo sea cual sea el lugar en que se encuentren.”
Hc 20,35:
“Hay más alegría en dar que en recibir”
Jn 10,18:
“Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente”
Fp 3,7-8:
“Todas las ventajas que tenía las he considerado una pérdida a causa del
conocimiento de Cristo... y considero que todo es pérdida con tal de ganar a
Cristo”
Un corazón
que vive la castidad como generosidad puede construir una fraternidad
universal. Y la
fraternidad universal no es vivir juntos negros y blancos, sino preguntarme,
yo, como africana, ¿qué puedo aportar? ¿qué
testimonio doy a mis hermanos? ¿de pereza o de trabajo? ¿por
qué me quejo si el otro no trabaja?
En nuestras
familias se nos enseña a ser responsables, ¿por qué cuando entramos en la comunidad parece que
nos volvieramos como niños pequeños? Muchas veces enterramos nuestros talentos y
capacidades porque no nos dan un puesto de responsabilidad en la comunidad.
3. La castidad como higiene mental: la oración como medio de purificación interior
No podemos
olvidar que nuestra acción y nuestra manera de ser son el fruto de lo que
cultivamos en la mente y en el corazón.
1Co 10, 23: “Todo me es lícito, pero no todo me
conviene”
Efectivamente, no todo nos conviene si queremos
vivir nuestra consagración y la opción que hemos hecho por el Señor.
Cuando
hablamos de higiene, hablamos de limpieza. Nuestro corazón tiene necesidad de limpieza para
amar bien a Cristo. La oración afina nuestra sensibilidad para discernir
todo eso que nos ayuda a
ser coherentes en nuestra vida con la opción que hemos tomado y lo que no nos
ayuda. El éxito o fracaso de la vocación estará en la manera de mirar, en la
sensibilidad hacia nuestros pueblos:
-
¿Qué
provoca en nosotros el ver la realidad de miseria en que se encuentran nuestros
pueblos?
-
¿Dónde
buscamos la solución?
-
Cuando
miras tu propia familia, ¿qué sientes en tu corazón?
-
¿Te
convence la manera como
-
¿Tenemos
razones suficientes para dar testimonio con la vida y con la palabra del peso
de Dios en nuestras vidas?
La oración
nos permite “ventilar” y encontrar respuesta a nuestras necesidades vitales
interiores. Cuando
encontramos respuestas de la parte del Señor, avanzamos en la vocación, y si no
tenemos respuestas, nuestro seguimiento de Cristo se bloquea. La oración
disciplina nuestro interior y nos abre horizontes en la vocación.
En el Verbum Dei podemos caer
en la hipocresía,
justificándonos con que la oración es nuestro carisma, si no nos
dejamos cuestionar nuestra propia oración. La oración nos tiene que liberar de nuestros deseos,
pasiones, gustos, proyectos e intereses personales para poder ser
verdaderamente seguidores de Cristo. Sin una renovación continua, será difícil
que demos fruto (cfr. Jn 15,9)
CVD 23: “Por
fidelidad a Jesús y a su Iglesia y para una verdadera realización del amor a
Cristo y a nuestros hermanos, no podremos nunca confundir ni suplir, de ninguna
manera, el ejercicio de la oración personal con otras actividades”
B.I. 24: “Las
iniciativas y la creatividad espontáneas y fecundas propias del verdadero
apóstol de Jesús, nacerán y se multiplicarán en la oración”
Muchas veces creyendo que vamos a salvar a nuestro
pueblo, caemos en el activismo y olvidamos la relación personal con Cristo y nos convertimos en “funcionarios” de
Cristo. El centro de nuestra vida lo ocupan las actividades en lugar de Cristo.
Tenemos
que pedir al Señor el dominio de nosotros mismos, porque las situaciones que vivimos pueden
llevarnos si no, a vivir y dar respuestas no desde
Cuando un consagrado ora
de verdad, el Señor nos da la posibilidad de hacer la experiencia de vivir a
solas con El, a pesar de las situaciones que nos rodean: es la experiencia ya
de
Invitación: Vivamos la
castidad en toda su radicalidad para transformar nuestra propia realidad y la
realidad que viven nuestros hermanos.