Crónica de los últimos días de Jaime Barceló

La llegada y durante los Ejercicios

Ante la urna con las cenizas de Jaime, me acuerdo del día que llegó a Brasil, en medio del caos en los aeropuertos del país. Nos comentó su aventura hasta llegar a Brasil y como una “africanita” le ayudó y le resolvió todo para coger el avión hasta Belo Horizonte.

Durante este mes grabamos sus predicaciones y le hicimos fotos. Pero lo que queda en el corazón de cada una de nosotras son las palabras que nos dirigía en las conversaciones particulares: palabras de esperanza, fé, de posibilidad, de fidelidad, de ir hasta el final.

La vida de Jaime siempre ha sido entregarse a Dios, pero en personas concretas… Su entrega no era etérea. Conservaba su tarjeta en la que continuaba escribiendo nombres- ahora en su lista aparecen nombres brasileños. Jaime, un misionero cautivado por las personas, amante de cada una, admirado por la presencia de Dios en cada ser humano.

En los Ejercicios me decía: “Estoy muy bien”, “¡Estoy como nunca!”… Y yo le decía: “Quédate con nosotros”.

En una de mis conversaciones con él, me comentaba de situaciones muy difíciles que había vivido, y en las que había cosas con las que no estaba de acuerdo. Le pregunté qué era lo que le hacía seguir adelante y él respondió: “ Yo creo que las cosas pueden cambiar”. Su fe en el Verbum Dei, su fe en cada uno de nosotros siempre fue muy grande.

En Belo Horizonte y los Hospitales

Volvimos de la casa de retiro a Belo Horizonte el 31 de Julio. El día 1 de agosto fuimos a celebrar una misa en la Favela de la Ventosa , en donde Jaime se sintió en su casa.. “Aquí es mi lugar, me quedaría aquí, decía Jaime, misionero de los pobres. A pesar de no conocer el país y ser la primera vez que llegaba a una favela, conocía muy bien la realidad. Situado, tocó el corazón de los brasileños, mal llamados “favelados”, se sintió uno de ellos.

El día 3, después de comer se acostó un poco, y cuando se levantó comentó: ”Me duele en la boca del estómago”. Al principio no le dimos mucha importancia. Habíamos decidido ir a conocer el Parque de las Mangabeiras . Estando en el parque, volvió a sentirse mal y decidimos volver a casa. Al llegar ya empezó a sentir frío y a temblar…. Llamamos a la ambulancia y nos fuimos para Hospital. Sin seguros, sin muchos medios, agradecí profundamente que en Brasil cualquier persona es atendida. Llegamos al hospital…los médicos de los hospitales públicos estaban de huelga y no recibían cualquier caso. Esperamos a que la médica de la ambulancia les convenciera para aceptar a Jaime. Ingresó en la UVI de urgencias, donde lo visitábamos 30 mtos al día.

Gracias, pueblo brasileiro, por ser tan solidario, tan acogedor, por no ser indiferente a nosotros que llegamos sin medios, como tantos otros….

Nos pusimos en contacto con la hermana Araceli, religiosa española, la directora del Hospital Madre Teresa. Deseábamos que Jaime pudiera ser acogido allá en mejores condiciones de ser atendido.

Después de tres días, en la madrugada del día siete, llegábamos al Hospital Madre Teresa, después de haber conseguido resolver todos los problemas burocráticos. El diagnóstico ahora era más claro: pancreatitis provocada por cálculos en los conductos violares. La doctora y nosotras estábamos con esperanza, el cuadro clínico era reversible. Pero Jaime, creo yo, no pensaba lo mismo. Llegamos a comentar entre nosotros que él no vivía esta enfermedad como las otras. A pesar de que veíamos su mejoría, él me decía: “Yo no estoy mejor”.

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La enfermedad, durante las primeras semanas, le provocaba mal estar general. Por esta razón, no deseaba hablar mucho. Los acompañantes estábamos junto a él, apoyándolo en todo lo que necesitaba, intuyendo, adivinando… No estuvo solo ni un momento, incluso en cuidados intensivos, las religiosas nos permitían permanecer a su lado.

Jaime agradecía cada día la humanidad de cada enfermera(o), de las religiosas, acompañantes, misioneras. Junto a él, estábamos. Entendí en todos estos días el “estar” de Maria al pie de la Cruz , y como resulta difícil no quedarse junto aquel que quieres, admiras, y te une una profunda familiaridad.

Desde su cama podía observar estos árboles (foto). Probablemente le recordaban la frase que su padre le dirigió cuando eligió ser sacerdote: “¿Estás dispuesto a vivir de Dios como los árboles viven del sol y de la lluvia?” Una pregunta a la que respondió positivamente a lo largo de toda su vida.

Le hicimos un dibujo que recordaba el cuadro que le pintaron cuando se ordenó: él llevando el barco y Jesús firme en el timón, con el rótulo: “Sé de quien me he fiado”.

Un día que el dolor fue mas intenso le dije: “¿Quieres que rece a tu lado el rosario?” Asintió con la cabeza y comencé a rezar. En el tercer misterio le dije:

-¿Quieres que pida salud?

-No, Estamos en las manos de Dios. Lo que El quiera.

¿Qué más podía hacer? Estar, simplemente estar al pie de su lecho, al pie de su cruz.

El domingo 26 de agosto me dijeron que el cuadro clínico había empeorado. El medico fue sincero: “Está en riesgo de muerte”. Lo llevaron a la UVI. Estaba inquieto y nos dejaron quedarnos con él. Mariví y yo nos turbamos. En un momento me llamó me dijo:

-Geni, ¡Sácame de aquí! ¡Haz algo!¡Utiliza tus contactos!

Consiguió arrancar de mí una sonrisa en esta situación. Juntos habíamos solucionado muchos problemas, hecho contactos, tornando lo imposible realidad. Como él mismo decía: “Lo imposible solo es imposible cuando lo parece “

Al día siguiente, el lunes día 27, vino su doctora y me explicó que era necesario sedarlo.

Junto a la médica que le explicaría el procedimiento al que iba a ser sometido, también entramos Mariví y yo. Le dije a Jaime. “Jaime, me has dicho que haga algo y la doctora dice que eso es lo mejor, vas a descansar, estaremos aquí junto a ti. Te queremos mucho”. En ese momento su rostro se relajó Quería descansar.

El día 28 llegó Antonio Velasco. Fue directamente del aeropuerto al hospital para ver a Jaime. Por la tarde volvimos a la hora de la visita y pedimos rezar un rosario al lado de su cama. A las 21h nos llamaron del hospital avisándonos de que Jaime estaba peor y que el médico nos llamaba. En 20 minutos estábamos todos en el hospital.

A las 21h 30 nos avisaban que había fallecido. Entramos donde él estaba y no conseguimos contener las lagrimas. Un profundo y largo silencio. Finalmente alguien decidió romper el silencio con una oración. Silencio que hasta el dia de hoy envuelve nuestra comunidad…

Incineración

Fue una gracia estar junto a Jaime Barceló con quien me unía una profunda amistad y de quien aprendí mucho. No es posible contarlo todo, pero me gustaría que constase que cuando decidieron su incineración iniciamos su última aventura, haciendo posible lo imposible. Por él ser extranjero y no haber un familiar de primer grado aquí presente, y por no haber dejado por escrito la intención de ser incinerado, la ley no lo permitía. El Cementerio Renacer no realizaría este acto sin una declaración judicial.

Jaime era velado en el Cementerio por algunas misioneras (Mariví, Noelia, Valentina, Sibele, Tania) y por los discípulos y amigos de la Fraternidad Misionera Verbum Dei. Mientras tanto, Antonio Velasco, Priscila y yo Geni, fuimos a la curia para conseguir un documento. Mientras que Graldo, tio de Priscila, establecía contactos en el juzgado. Eran las 10h 30 y antes de las 15h 30 teníamos que hacer todos los tramites burocráticos. Al inicio hubo mucha dificultad. Parecía imposible. Pero lo imposible solo lo parecía, pues llegamos al Cementerio con todo resuelto a las 14h 50.

Con oraciones, silencios, canciones que recordaban África, México, Mallorca…despedíamos a Jaime, a la vez que sentíamos su presencia viva a nuestro lado.

En todo eso, entendí a las mujeres que en el evangelio fueron al sepulcro para tratar el cuerpo de Jesús. Entendí su valentía, su intrepidez, para saltar los obstáculos, su deseo de permanecer, de estar… Comprendí que la resurrección es ese proceso de dejar brotar en uno mismo y en las circunstancias la presencia del que continúa estando.

María Eugenia Lloris Aguado-Misionera

Comunidad de Belo Horizonte- Brasil

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