¡Hosanna! ¡Tu Palabra me da Vida!

[Movie Clips]

Acabamos de bendecir los ramos de olivo, con los que hemos aclamado al Señor como Rey, como es propio de la liturgia del domingo de Ramos. En procesión, desde los más mayores a los más pequeños de nuestros hijos, a los que hacemos partícipes de nuestra fe, hemos cantado, a pleno pulmón: ¡Hosanna! ¡Shalom! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡El Señor es nuestro Rey!

¿Por qué proclamamos a Jesús como nuestro Rey? Porque sus Palabras nos dan Vida; gobiernan nuestra vida; orientan y rigen nuestras decisiones más vitales. Son palabras de peso, que merecen ser escuchadas y son dignas de credibilidad. Jesús invitó a vivir de una manera que vale la pena, que tiene sentido. Enseñó que es fascinante ser amados y amar, y que, intentarlo bien merece la inversión de toda una vida. Su predicación hacía surgir un espíritu y estilo nuevo de existir. El predicó e instauró el Reino de Dios, por eso es Rey; un rey, que reina y tiene autoridad en nosotros, en nuestros hogares, y ojalá en nuestra sociedad. ¡Bendito el Reino que viene, introduciéndonos en una convivencia amorosa con el Dios que nos da vida por su Palabra! Por éstas, y por otras razones, nos adherimos a El y a su evangelio y lo reconocemos como nuestro Rey.

Los creyentes lo proclamamos inaugurador de un nuevo gobierno, en el que la Palabra de Dios tiene absoluta prioridad. Seguimos a un Rey que habla y manifiesta Verdades que no cambian con el tiempo, porque están inscritas en la genética de la humanidad. Sus Palabras, sus leyes, sus decretos, nos vienen como anillo al dedo, nos sientan bien, nos hacen bien. Por eso, le reconocemos como la Voz más autorizada, y le concedemos tiempo para escuchar, vivir y difundir sus Palabras de Vida y Amor eterno.

Nos parecen geniales sus principios sobre el hombre, sobre la mujer, sobre el joven, sobre el adulto, sobre el rico, sobre el pobre; sobre las comunidades, sobre los valores éticos y culturales, sobre la trascendencia y el valor eterno de toda vida humana. Nos agrada su enseñanza. Sus pensamientos, sentimientos y propuestas no son palabras ligeras que se las lleva el viento. Tienen la densidad de una vida entregada hasta el final, tejida con los hilos de la realidad y la utopía, del ahora y del después, del aquí y del más allá; del valor de nuestras obras y el valor de la gracia; tejidas por el hilo de la muerte y de la vida, de la pasión y la resurrección.

Fruto de su muerte, irrumpe, en el mundo creado, una nueva creación, un nuevo concepto de ser hombre y mujer; un nuevo universo, desconocido por la mayoría de los mortales; una existencia genial, que lleva la firma de Dios. Y por éstas, y otras convicciones, lo reconocemos como nuestro Rey.

Evocando la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, nos adherimos a los sentimientos de aquel pueblo que lo reconoció como su rey y lo consideró digno de reinar, por sus valores, por su doctrina, su pensamiento, sus principios y, sobre todo, por su talante de vida. Pero, paradójicamente, después de ser vitoreado como el Mesías Esperado, fue sometido a juicio y condenado a la muerte de cruz por su mismo pueblo. Nuestro Rey, después del domingo de Ramos, inició una semana que ha trascendido en la historia, con el nombre de “Semana Santa”. ¿Qué le pasó a Jesús en su Semana Santa?

Fue rechazado El, y también los valores del evangelio, que El predicó.

Su vida y su doctrina fueron puestas en tela de juicio.

Era la hora de la prueba.

Pero, en la prueba, El se mantuvo fiel.

Fiel a la Palabra , fiel al Padre, fiel a la Verdad , fiel a la humanidad.

El amó y padeció hasta el extremo.

El roció con su sangre su evangelio.

El entregó su vida por su credo.

El creyó en sus palabras y murió por lo que El predicó.

El escribió, con su muerte, la razón de su vida.

Muchos ignoran la bondad de nuestro Rey Crucificado. No han tenido oportunidad de hablar con El, de escucharle. Y, sin embargo, El es la Palabra , que se muere por hablarnos, por romper nuestros silencios, por acallar nuestros miedos, y por dar respuesta a los profundos sin sentidos, que emergen del corazón humano. Su pasión está agravada por nuestra sordera, por nuestra mudez y nuestra insuficiencia comunicativa. El es la Palabra pero ¿a quién puede hablar? ¿quién lo escucha? ¿quién le habla? Ahí, descubrimos lo radical de su Pasión.

Pasión de quien habla, sin ser escuchado.

Pasión de quien propone, sin ser correspondido.

Pasión de quien dona su vida, a fondo perdido.

Es la pasión de un Dios, que cree en un ser humano, que no cree en El.

Es la pasión de un Dios, que tiene esperanza, en quien poco o nada espera de El.

Es la pasión de un Dios, que ama a quien, no pide, ni reconoce ser amado por El.

La pasión de Cristo es real, ayer y hoy, porque sigue siendo rechazado por nosotros; retirado, marginado, ignorado, extraído de nuestra vida, segregado de nuestros círculos de amistad, excluido de nuestros intereses, sustituido por otros sucedáneos de sentido de vida, y por otros afectos que, por mucho que le demos vueltas, no nos sacian ni dan respuesta a las preguntas que nos hacemos, los que todavía nos hacemos preguntas....

¿Cómo celebrar su Pascua? Si es tu Rey, acompáñalo de cerca y de lleno en su pasión, en el acontecimiento crucial de la historia de salvación. Tú y yo, nosotros, nos sabemos salvados, amados. Me amó y se entregó por mí. Padeció por mí. Padeció conmigo; y yo ¿cómo puedo comprometerme con la salvación de mi hermano? Compartiendo su pasión con El y con la humanidad, con pasión y compasión.

“Pasión con Cristo, pasión con la humanidad”, será el espíritu de nuestra Semana Santa. La pasión no es un tema, es una experiencia: Cristo padece; la humanidad padece. Pero si la pasión de la humanidad diera con la Pasión de Cristo, la humanidad empezaría a resucitar. Cristo tiene palabras de respuesta al padecimiento de cada ser humano. Basta hablar con El para salir de la muerte, provocada por el descuido de la Palabra de Dios, y para entrar en el estado de resurrección, generado por la escucha del Rey Crucificado-Resucitado, que nos da Vida por su Palabra.

Centro Misionero de Loeches, 1 de abril de 2007

“Del Domingo de Ramos a la Semana Santa ”,

por Isabel María Fornari Carbonell (FMVD).