Queridos amigos:

Es una alegría muy grande para mí comunicaros que el pasado día 13 de Diciembre, a las 12:25 del mediodía nacía Isaac María. Era un día frío, como deben de ser los días de finales de otoño. El sol brillaba magníficamente en el cielo. Era un día precioso. Se celebraba la fiesta de Sta. Lucía, patrona de los invidentes. “Sí, - pensé “y de todos los que no ven con los ojos de la fe”. Un día de la 3ª semana de Adviento, la semana de la alegría. Además, en Santa Lucía nació el Verbum Dei. El día perfecto.

Toda la noche la había pasado con contracciones de parto. Por la mañana a las 9:30, llamé a Andreas y le pedí que volviese de la oficina para llevarme al hospital. Mis padres también vinieron y nos fuimos los cuatro rezando el rosario en el coche. Elisabet se quedo con Doina, la chica rumana que me la cuida por las mañanas. Es una buenísima persona y estoy muy contenta con ella. Dios me la envió para que me ayudase desde septiembre.

El parto fue muy bueno. Dios ha tenido mucha misericordia conmigo al haber tenido un parto natural, con episiotomía, como en el de Elisabet y, sobre todo, muy bonito. Andreas, Isaac, el ginecólogo y yo hemos apostado por la vida y con la ayuda de Dios y de la mano de María todo ha salido muy bien.

Mientras, esperaba en la camilla antes de entrar al quirófano estuve hablando con Isaac, cantándole los villancicos que más me gustan. En voz no muy alta, ya sabéis que desafino mucho. Se me escapaban las lágrimas de vez en cuando, porque no sabía cuánto tiempo más me quedaba para disfrutar de Isaac en la tierra. Y a la vez, estaba ¡tan contenta y llena de paz! Este gozo y paz que llevo experimentando en tantos momentos a lo largo de todo el embarazo.

Dios estaba conmigo. Lo sabía. Y yo estaba en sus manos. Confiaba, creía, le adoraba, oraba y amaba. Amaba mucho. Amaba a Dios, a Isaac, a Andreas, a mis padres que aguardaban fuera. Sentía que mi amor se expandía a todo el hospital y en especial a todas las personas que me asistirían durante el parto.

Recé el Ángelus y también recité antes de entrar en el quirófano: “Padre, a tus manos encomiendo mi Espíritu. Hágase en mí según tu Palabra”. Enfrente de mí, se encontraba una imagen de la Virgen con un niño en brazos. Mirarla, me confortó. Pregunté varias veces por mi marido y por fin apareció. Esperaba que esta vez no se diera un golpe en la cabeza con la lámpara. Pobrecito. Menos mal que tiene la cabeza dura. Y no se dio.

Comenzó el alumbramiento. El pujo sobre la bolsa ayudó a Isaac María a comenzar a salir. En cuanto asomó su cabecita, Andreas tomó el agua bendita, traída ocasionalmente del Jordán. Escuché sus palabras: “Isaac María, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. “Amén”. ¡Qué alegría! Nuestro hijo pertenecía ya a nuestra gran familia de la Iglesia.

Apenas nacido, al tenerlo entre mis manos me salió del alma: “¡Isaac qué guapo eres y cuánto te quiero!”. Le hice la señal de la cruz en su naricita como señal del beso de Dios y del mío. Desde el corazón, le di muchas gracias a Dios por haber podido tener en mis manos a nuestro hijo y por el parto tan bueno que acababa de tener. Mi ginecólogo estaba feliz, radiante. Así le vieron mis padres cuando salió a decirles que todo había salido estupendamente.

El niño fue puesto en la incubadora y Andreas pasó largos ratos con él. Yo tuve que guardar reposo absoluto durante 6 horas. Estaba ansiosa de poder bajar a neonatos para verle. Y estaba deseando comulgar. Mis deseos se cumplieron. El bueno de Antonio Velasco nos celebró, en la salita contigua a la habitación, la Eucaristía en compañía de algunos miembros del Verbum Dei, mis padres y nuestros buenos amigos, Pilar y Javier. Después bajé llena de ilusión a ver a mi niño.

Unas horas antes, el jefe de pediatría del hospital nos explicó que el bebé no sufre nada. Todos los órganos y demás miembros del cuerpo están bien. “No le vamos a alargar la vida, ni acortarla”-añadió; “se la estamos manteniendo hasta que el niño quiera”.

Andreas me bajo en silla de ruedas a la sala de neonatos. Estaba deseosa de verle. Me levanté de la silla, nos dirigimos a la incubadora y allí, tumbadito, le vi. Todo él era perfecto. ¡Mi emoción era tan grande que podía impedir que las lágrimas corrieran sin cesar por mis mejillas. Pude acariciarlo. Acaricié su carita, sus bracitos, su espaldita. “Isaac es hipersensible”, nos explicó la enfermera, “por eso, se convulsiona cuando le tocáis”. Le acaricié su manita, y mi pequeño me agarró el dedo. Sonreí de oreja a oreja. ¡Era feliz! Estábamos felices. Yo le hablaba y le decía: “No sabes la alegría que nos has dado a tu padre y a mí en todo este tiempo. Nos has hecho muy felices. Muchas gracias, Isaac. ¡Te quiero tanto! Te amo con todo el amor del que soy capaz”. Y me salieron las palabras que Zacarías dijo a su hijito Juan: “ Y a ti niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc1, 76-79) .

Y no sé que más cosas le dije. Hubo, un breve instante que Isaac María, sonrió, no recuerdo que le estaba diciendo, pero sí que le vi sonreír. ¡Qué emocionante! Me llenó de tanta alegría y felicidad, que no cupe en mí. Todos los esfuerzos merecen la pena por estos instantes maravillosos de estar con nuestro hijo. No recuerdo cuanto tiempo estuve. Me hubiese quedado toda la noche, pero no estaba permitido. Tenía unas ganas enormes de tomarle en mis brazos y cubrirle la carita de besos. Andreas y yo teníamos los dos las manos dentro de la incubadora y Andreas le hablaba en alemán y le cantó una nana en alemán que ya se la cantaba desde el seno materno.

No podía dormir. No lo podía entender. Si estaba tan cansada ¿por qué no me visitaba el sueño? Lo comprendí más tarde; cuando el pediatra de guardia y la enfermera subieron a las dos menos cuarto. No se atrevían a decirnos que Isaac María se había ido con su Papá Dios. “Isaac ha fallecido, ¿verdad?” les pregunté yo. Entonces, les supliqué que quería bajar a ver a Isaac. “Es mejor que no bajen. Se quedan ustedes con el recuerdo bonito, porque luego...”. Le interrumpí con firmeza: “Usted teme que nos pueda afectar, ¿verdad?”. “¡Sí!” contestó el doctor. “No se preocupe. El verle, no nos causará ningún trauma psicológico, se lo aseguro”.

Bajamos al tanatorio. Allí le vimos. Dormidito. Envuelto en una sabanita como se presentan a los niños Jesús que pintan en las tarjetas de Navidad. Había una cruz de un poco más de un metro, y a sus pies, como una ofrenda, descansaba Isaac María. Me incliné, le abracé y lloré. Lloré como las madres que pierden a sus hijos. Lloré con ese dolor que antes no comprendía cuando me lo contaban de otros, pero que ahora vivía en mi carne. Lloraba, sí, pero con paz y serenidad. Lloraba, sí, pero comprendiendo y aceptando que era esa la voluntad de Dios. Dejé de llorar para ver mejor la carita de mi hijito. Le besaba, le acariciaba y le volvía a besar.

Me vinieron a la mente algunas de las madres, conocidas mías, que antes que yo, habían perdido a sus hijos. Y recordé, con emoción, a María al pie de la cruz ante su Hijo Jesús. Una vez más, me identifiqué con mi Madre, la Virgen. Agradecí al Señor, comprender y no eludir ni el dolor ni la experiencia de este momento. “Vamos a rezar”- dijo Andreas, que también se inclinaba para acariciar y besar el bonito rostro de Isaac. “Te doy muchas gracias, Jesús, por la vida de Isaac María. Por los nueve meses que le he llevado en mi seno materno. Por estas 13 horas que Isaac ha luchado por vivir. Te doy muchas gracias por el inmenso amor que tienes a todos tus hijos, sean sanos o enfermos y así nos lo has mostrado en nuestro hijo Isaac. Muchas gracias Dios mío por hacernos tan felices todo este tiempo que lo hemos tenido... No sé que más decirte, sólo puedo darte gracias”. “Pues no digas ya nada más”- me salió al paso Andreas- “Padre Nuestro.... Dios te salve María... Gloria al Padre...”. Le dimos otros cuantos besos más (yo soy muy besucona) y nos marchamos. Isaac María, se quedó, ahí al pie de la cruz. Ofrenda de vida y amor. Ofrenda de salvación en el plan de Dios. Ofrenda de acción de gracias.

“¿Cómo te encuentras?”-me preguntó la enfermera que nos acompañaba. (Aunque ella estuvo esperándonos detrás de la puerta para dejarnos en la intimidad con nuestro hijito). “Bien. Tengo mucha paz. Esto merece la pena”. En silencio volvimos a la habitación. Y antes de separarnos, la enfermera, con sus ojos bañados en lágrimas, me abrazó y besó mi mejilla como si fuese mi amiga de toda la vida.

En la habitación, otra vez, me puse a llorar. Era un llanto triste, pero no desesperado. Era un llanto sosegado, con pena y experimentando el vacío del hijo que se te va al cielo. “No llores, Ana”- me dijo Andreas. Ahora tienes que ser como María Magdalena. Ella también lloraba ante el sepulcro vacío porque Jesús ya no estaba ahí. ¿Qué le dijo Jesús? “Suéltame”. Tienes que dejar que Isaac María vuelva al Padre. Yo miré a Andreas, el que había estado algo inquieto en estos meses. Y me acordé del pasaje de la Escritura, cuando el rey David, al estar muy enfermo el primer hijo que tuvo con Betsabé, se vistió de saco y ayunaba. Una vez que murió se lavó, se vistió y comió (2 Sm 12, 16-23). Así estaba mi marido, sereno y con la conciencia bien tranquila porque había hecho, humanamente, todo lo que se podía hacer por Isaac. “Es el día de S. Juan de la Cruz.”. A Andreas le gustan mucho los escritos de S. Juan de la Cruz. “Recemos un misterio. Porque hoy son los de Gloria. Primer misterio: “La Resurrección”. Y comenzamos a celebrar la resurrección de Isaac.

Al terminar, apagamos la luz y nos dormimos. Andreas se levantó temprano para ir a los laudes y la misa que celebraban en el hospital a las 7:00 a.m. Yo debía de permanecer reposando. Todo estaba cumplido. Dios había escrito en nuestras vidas pasajes de la Escritura. Como dice el Salmo 40: Aquí estoy, para hacer lo que está escrito en el libro sobre mí. Amo tu voluntad Señor, llevo tu ley en mis entrañas. He proclamado tu fidelidad en la gran asamblea... No he ocultado tu fidelidad en el fondo de mi corazón... que tu amor y tu fidelidad me guarden siempre.

Ana Mª Contento

 

 

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