La presencia de la Trinidad y el calor vital de su amor se constituyen en nosotros como el primer hogar de nuestra vida misionera, en el cual nacen a la vida los hijos de Dios. Es la fraternidad fontal, "casa de oración para todos los pueblos" y escuela de oración de los verdaderos discípulos de Cristo. Esta presencia interior y amorosa de la Trinidad marca el ritmo de nuestro vivir fraterno y apostólico en una tonalidad nueva y trascendente. Su compañía es inefablemente rica; es la fuente de nuestro amor más genuino y de una vivencia afectiva plena. Es el verdadero y permanente " viático ", el mejor compañero de viaje. La vivencia personal y comunitaria de este amor trinitario es revelación del Reino de Dios ya presente en nosotros mismos. Convivencia inefable con nuestra verdadera y eterna "Comunidad trinitaria" que nos introduce en la gratuidad de su amor, capacitándonos para llegar a ser fermento y semilla de fraternidades cristianas en todo el mundo.