| INTERVENCIÓN DE D. JAIME BONET EN EL SINODO sobre LA VIDA CONSAGRADA EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO
Santo Padre, muchas gracias por haberme invitado a este Sínodo que veo tan provechoso para toda la Iglesia. Eminentísimos y Excelentísimos Padres Sinodales, Hermanas y Hermanos,
Partiendo del número 38 del Instrumentum Laboris: Nuevas formas de Vida consagrada, me baso en los números 95 y 96. Mi participación es una pequeña experiencia personal de Nueva evangelización.
REPRODUCIR A CRISTO.
Creo que, a veces, con las mismas palabras decimos conceptos distintos. Se habla, hablamos y repetimos insistentemente: "seguir a Cristo", "reproducirle", radicalidad de la vida consagrada, etc" ...
Ser testigos de Cristo -antes que ser maestros- requiere poder responder a quien nos pregunte por nuestro modo de vivir con las mismas palabras de Jesús: "Venid y veréis".
Por caridad y por justicia, ser Cristo es el primer ideal y el tema fundamental que no podemos menos de presentar a todo hombre. Tanto a jóvenes como a mayores, les entusiasma más el ser que el tener y el hacer. Quieren seguir a Jesés al ver vidas enraizadas en Cristo, plenamente realizadas y felices. Lo que más puede convencerles es la coherencia entre la Palabra y la vida. Soy testigo de ello a lo largo de mis 42 años de predicación, a tiempo completo, en los cinco continentes. Ser Cristo, reproducir a Cristo, fascina al joven, al hombre y a la mujer de hoy.
NUEVA EVANGELIZACION.
La Nueva Evangelización no es más que propagar, de forma espontánea y necesaria, la Buena Nueva, que, cada día, es más buena y más nueva, si dialogamos con el Señor. Lograr que los demás le conozcan y hablen personalmente con El, constituye la plenitud de alegría del apóstol. Es proclamar a todas las gentes "¡Gustad y ved cuán bueno es el Señor!", es pregonar desde los terrados lo que en la intimidad con el Señor se goza más allá de los sentidos, lo que Dios reserva a cuantos escuchan su Palabra y la ponen en práctica.
Diariamente podemos comprobar que quien ha conocido personalmente a Cristo, no puede menos de seguirle y propagarlo; y entregar su vida para que todos le conozcan y le sigan. Es, con san Pablo, un deber acuciante que nos incumbe y "¡ay de mí si no predicara el Evangelio!". Y, como san Pedro: no podemos dejar de hablar de lo que hemos experimentado. Nuestro gozo se vería mermado si no compartiéramos con todos los hermanos la alegría del Resucitado.
RADICALIDAD DE VIDA PARA HACER CREIBLE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN.
Sólo de esta experiencia vital emana con fuerza la nueva evangelización. Cuanto más pobre, y más radicalmente pobre es el apóstol, más gozosamente descubre, cada día, la sorprendente y asombrosa riqueza de Cristo. Y, así, más fácil y urgentemente, la propaga. De manera que, como decía Santa Teresa, para seguir a Cristo, más que faltarnos, nos sobran muchas cosas.
Es fuerte el testimonio del apóstol que, sin grande aparato, pobre como la Sagrada Familia de Nazareth y sin mayor estructura que el dedo del Bautista, apunta gozosamente a Jesús; cuando su vivir es Cristo y una ganancia el morir por El.
DEDICACION A TIEMPO COMPLETO A LA PREDICACION DEL EVANGELIO.
Quien, de la mano de María, ha conocido el amor de Cristo, su gozo, la inhabitación de la Trinidad que convive en nosotros y con nosotros, puede cantar y proclamar que ha encontrado el amor de su alma, que lo ha aprehendido y que no le soltará; y que nada ni nadie le separará de este amor personalmente experimentado. Sólo entonces llegamos a reconocer en nuestra propia vida que todo prestigio, placer, riqueza y honor humano son pérdida y basura. Por esto, el verdadero seguidor de Cristo busca con radicalidad una vivencia real de la pobreza, castidad y obediencia evangélicas. Cristo y su Iglesia es la razón y motivación únicas de su existencia. El amor al Cristo Total cautiva y acapara todo su ser y actuar.
El diálogo con el Señor, que habita en nosotros y convive con nosotros, en una vida orante, es manantial de amor difusivo de sí mismo, que con Cristo y como El se derrama y entrega por todos. Este mismo amor y gozo con el Señor hace que invirtamos, en la propagación de la Buena Nueva, la jornada íntegra y buena parte de la noche. Sabemos que las fuertes crisis personales y comunitarias en la vida religiosa, en las familias, pueblos y naciones, no tienen más origen que la falta de Cristo en el corazón del hombre. Por lo que, no sólo nos sentimos obligados a predicar el Evangelio, sino también a formar predicadores, discípulos que, a su vez, formen a otros capaces de predicar el Evangelio de Jesús por todo el mundo.
LOS LAICOS PIDEN FORMARSE PARA PREDICAR EL EVANGELIO
Constato un marcado interés de nuestro mundo actual por propagar el mensaje evangélico. En todas partes he visto, pese a las apariencias, fuertes deseos de creer, de escuchar, vivir y anunciar la Palabra de Dios.
En mis primeros ocho años de párroco como sacerdote diocesano, dejé en manos de laicos todo lo que no era exclusivo del ministerio sacerdotaly promocioné para la predicación al mayor número posible de laicos. Predicar, no por predicar, sino para que las gentes de toda raza y condición de vida conozcan a Jesús y lo puedan dar a conocer. Esta tarea la veo hoy más apremiante aún ante la descristianización de nuestro mundo y el acoso de las sectas que crecen de modo preocupante.
Es necesario que las gentes, máxime los religiosos y religiosas, clérigos y laicos, sepamos, no sólo teórica, fugaz y superficialmente de Jesús, sino que le podamos conocer conviviendo familiarmente con El, de forma habitual y muy íntima. Numerosos hombres y mujeres, y familias enteras, se dedican hoy a tiempo completo a la predicación. Y para ello quieren y consiguen una intensa vida interior, una sólida formación teológico-bíblica, y quieren también vivir un testimonio evangélico que mantenga viva su fe y haga creíble la Palabra de Dios que predican. Gracias.
Roma a 13 de octubre de 1994. |