POR QUÉ QUIERO EVANGELIZAR.
¿Por qué quiero evangelizar, anunciar la Buena Nueva del Reino, dedicarme a la propagación de la FE hasta los confines de la tierra? ¿Por qué quiero predicar el Evangelio de Jesús de Nazareth, consagrar toda mi vida a la oración y ministerio de la Palabra? ¿Por qué, para qué la Evangelización?
 Porque quiero colaborar con toda mi mente, corazón y fuerzas y de la forma más eficaz a la Redención y liberación de todos los hombres. Quiero que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Que todos puedan verse libres de toda esclavitud.
Porque quiero comunicar esta "buena noticia a los pobres, anunciar la libertad a los cautivos y dar la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor" (Is 61,1-2). "Para hacer que los cojos anden, los leprosos queden limpios, los sordos oigan y los muertos resuciten" (Mt 11,5).
Porque ansío cambiar el odio en amor, la tristeza en gozo, la angustia y desesperación en optimismo y esperanza, la enfermedad y muerte en vida y resurrección.
Porque anhelo ver amanecer una luz radiante en tantos rostros sombríos, en tantas vidas apagadas, en tantos corazones lúgubres, en tantos pueblos que yacen en las tinieblas y sombras de muerte.
Porque me apremia poner en movimiento a tantas vidas paralizadas, sin rumbo ni sentido, ni ansias de vivir; aburridas y aletargadas, entre dudas y sospechas, incertidumbres e indecisiones, vacíos y complejos, que las quiebran y atrofian para siempre.
Porque añoro calor de hogar en tantas familias, en las que acampa más bien un aire frío de cementerio, casi sin el rescoldo del amor e intimidad, del afecto y cariño, de la espontaneidad y alegría fecunda y creadora.
Me interesa y fascina anunciar la Buena Nueva del Reino, Reino de paz y justicia, Reino de Vida y Amor, para atajar la guerra sin tregua de las distintas naciones y razas, de un continente contra otro, entre las distintas naciones y razas, y detener la lucha fratricida de los hermanos entre sí y de los hijos contra los padres.
Me urge hacer llegar el Evangelio hasta los confines de la tierra para romper las cadenas de tantos esclavos, levantar las losas que aplastan a tantos oprimidos, desatar las vendas que bloquean y eclipsan la mente de tantos desnutridos de pan, de cultura y de fe.
Quiero correr a desatar la soga de millones y millones de jóvenes que, en una desesperación como contagiosa, se alienan en busca de un suicidio colectivo.
Quiero inyectar vida con mi sangre propia, a los que en este como delirio renuncian a vivir y se sepultan en vida. Y a todos con la voz potente del Evangelio gritarles: "Joven, levántate".
No puedo cesar de proclamar la Buena Nueva de liberación, para salvar a los millones de niños cuyas vidas veo romper y desintegrar apenas abren los ojos a la luz, o en el seno mismo de sus madres.
Quisiera impedir la igualmente certísima desesperación y soledad de infierno de las mismas madres inconscientes ahora, de la monstruosidad de su pecado.
Quisiera también evitar la denigrante despreciación a nivel de estorbo y basura con que muchos hijos apartan y marginan el amor entrañable de sus propios padres y abuelos. Y devolver el gozo y la alegría a los que se sienten abandonados y como malditos por sus propios hijos.
Me inquieta y empuja el deseo de que brille el Evangelio sobre la situación crítica de tantas vidas confusas y desconcertadas, sin ningún rayo de luz que cruce su horizonte.
El riesgo mortal de sus pasos inciertos y temerarios, sin ideal que les rija, sólo a merced de una sociedad amorfa y sin espíritu, que les hace tambalear y despeñarse en el vacío de su inanición, sin camino, sin entender el por qué y el cómo de su existir, de su nacer y morir.
Me interesa llegar con el alba, al niño en su mismo germen de vida, en el propio seno materno, para protegerlo y abrigarlo con el calor que requiere y con que el Evangelio lo cuida y dignifica. Al que anhelo ver renacer y ofrecerle el caudal de gracia correspondiente a su dignidad de sacerdote, profeta y rey y que Jesús le adquirió con su sangre. Toda la riqueza del Reino, Bienaventuranzas, que a todos promete y llama.
Me preocupa y ocupa, su normal crecimiento y desarrollo, su educación y perfeccionamiento en el clima propio del amor, imprescindible para su adecuada gestación y nacimiento. Para que sea conforme y no deforme, para que nazca hombre y no monstruo y que se exprese como normal y no subnormal o anormal. Para que no muera en el frío de la orfandad y del abandono en vida de sus mismos padres y pueda sentir su caricia suave y caliente de ellos sin que le asfixien y estrangulen.
Que desde el primer momento de su existencia encuentre el ambiente caldeado y no quede entumecido en puro feto al fallarle el calor de hogar, clima único que permite el crecimiento y desarrollo propio del hombre formalmente considerado.
Que el niño pueda abrir y desplegar más y más su vida como semilla lozana, sin contratiempos, que la tronchen. Que desarrolle y dilate en plenitud su capacidad afectiva y creadora de darse, de comunicarse y sonreír, en un diálogo de cariño y amor recíproco y mutuo con todos.
Me interesa desplegar la panorámica de la Buena Nueva ante la mirada expectante del adolescente, en la aurora de su vida, cuando va en busca de luz y de verdad, como el empuje y timidez de un paisaje que se asoma, pidiendo los destellos y el calor del sol. Es como un puñado de semillas que se abre a sementeras sin límites ni horizontes.
Y se me escapa de mi garganta el grito de Evangelio hacia esa juventud hoy adormecida y mustia, como agostada en pleno abril, sin ideal ni casi capacidad de iniciativa, sin confianza en sí misma, como un ciego en la encrucijada, en busca de apoyo y de un pedazo de pan.
Su corazón, más bien desnutrido que enfermo, ofrece un aspecto anémico y triste, bajo una máscara de indiferencia, de hartura y de rechazo a todo intento emprendedor y de esperanza.
Sus vidas, como invertebrados, se doblegan sin nervio y se dejan caer bajo la inercia de su ininterrumpida frustración y desengaño.
Y me apasiona brindar el Evangelio vivo, crudo, al natural, a esos otros grupos de juventud inquieta y rebelde, insatisfecha e inconformista, que protesta y se encara, con todo, para pueda empuñar con las dos manos la espada de la Verdad por defensa y armadura.
Hendir en su pecho desafiante "la Palabra de Dios, viva y enérgica, más tajante que una espada de dos filos que penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, órganos y médula y que juzga sentimientos y pensamientos" (Hb 4,12).
Esa juventud indefensa y a la deriva, que es presa de quien primero llega y la alcanza, y que hacia una u otra dirección abre brecha y marca su huella para generaciones. Dando vida o matando, sembrando el odio o el amor. Dejando a su paso un hogar o un sepulcro, una vida o un infierno.
Considero inaplazable poner en sus manos las armas de la Fe y adiestrarle con más práctica que teoría, con más testimonio que palabras, con la autenticidad que pide la juventud de hoy, con el ejercicio de un amor fraterno hasta dar la vida y derramar la sangre por todos los hombres por igual.
Abrir ante sus ojos y en mi propia carne el Reino de amor, de justicia y de paz que Jesús vino a traer a la tierra.
El mundo tiene que ser mucho mejor, mucho más de acuerdo con el proyecto original y eterno de Dios, que "vio que todo era bueno". Puede y debe renovarse la faz de la tierra con la fuerza del Espíritu de Cristo y su Evangelio.
Está por nacer un paisaje bello, unos horizontes radiantes de luz y de esperanza, unos cielos nuevos y una tierra nueva, cuando llegue a esa juventud la Buena Nueva que informe sus vidas.
Y creo sinceramente que no es fantasía ni contemplación lejana el ver blanquear las mieses para la siega.
No es difícil conseguir que la juventud de hoy se aboque hacia el Bien y la Verdad con mayor ímpetu que hacia cualquier otra presa inferior.
Como siempre, es altruista. Y ciertamente, bajo la densa o sutil capa de ceniza que se quiera, tiene latentes los brasas del odio o del amor, del hombre viejo y del nuevo.
En el fondo puede prender en cualquier momento la llama del amor universal que Jesús vino a prender a la tierra con el deseo de que ardiera toda.
Ante la clarividencia del Evangelio hecho vida, o de una vida bien poseída por el Evangelio de Jesús, despierta con todo su brío y generosidad el joven de hoy.
Bien capaz de orientar toda su pasión a forjar de las espadas azadones y de las lanzas podaderas y de cambiar en amor fraterno, que abrase a la tierra, todo el fuego que apasiona y dinamiza su vida.
Solamente el Evangelio de Jesús posee la fuerza y poder necesarios para transformar la miseria que hoy corrompe esos ambientes, en energía generadora de vida sobreabundante.
Sé que con el Evangelio penetrará la luz del día en muchos hogares, convertidos hoy en noches de luto.
El refrán: "Donde entra el sol no entra el médico", puede tener sus fallos y excepciones. Pero se verían libres de un sinnúmero de enfermedades provocadas por la muerte del amor, los hogares y ambientes en donde pudiera entrar la luz del Evangelio de Jesús sin adulterar, sin traicionar su esencia, su poder curativo y liberador.
Sería la redención plena y radical de la primera célula vital de la humanidad, el matrimonio cristiano.
Con la aplicación de vida de la virtud del Evangelio, muchos esposos sentirían renacer su amor, paz y alegría entre sus muros.
Recrearían sus corazones y semblantes, donde sus hijos pudieran descubrir más autenticidad, con un futuro menos incierto y más prometedor.
Como "nuevos brotes de olivo en torno a su mesa serían sus hijos" y "rebosarían sus corazones de más alegría, que cuando abundan el trigo y el mosto". La panorámica sin límites de su existencia gozosa, proyectada por el Evangelio, se extendería a generaciones como las estrellas del cielo y las arenas del mar.
El mundo sería un mundo limpio y puro, y el cosmos sería bello, hermoso, porque Dios lo creó y lo "vio bueno" y el Evangelio lo hace renacer, "lo reconstruye, reedifica y replanta.
Puede "revestir de nervios, de carne y de piel a los huesos secos esparcidos por la tierra", hace germinar los desiertos, da fecundidad a la tierra y colma de bienes al pobre.
"Decid a Juan que los ciegos ven, los cojos andan, que los leprosos quedan limpios, que los muertos resucitan, que se evangeliza a los pobres, que se anuncia un año de gracia" (Mt 11,4).
Soy plenamente consciente de que todo cuanto he ido apuntando sobre el por qué de la Evangelización, sonará a música celestial para cuantos han abandonado el camino de la fe, aunque en teoría y ante la gente aparezcan como sus mejores líderes.
Con una carcajada decepcionante o sonrisa irónica de compasión quisieron borrar este Evangelio vivo, todos los que un día emprendieron la tarea de Evangelizar, no guiados por la fe, sino pendientes de la opinión del mundo y con la inútil y engañosa preocupación de acomodarse al mismo.
Desde su inevitable fracaso y hundidos en su derrotismo pudieron también tomar como un antídoto o estupefaciente, como alienación o autoengaño, el encubrir la realidad cruda con teorías bonitas y con proyectos y planes apostólicos que no inciden normalmente en la ruta de actual generación.
Puede, pero, que en ello entretengan y maten sus horas, tanto el más radical integrista como el pastoralista más avanzado, siempre que sus grandes esfuerzos se viertan más sobre el papel y a distancia de la realidad existencial, o del seguimiento fiel de Jesús.
No expreso tampoco teorías para contentar el absurdo y cobardía de poner la cabeza bajo el ala, para no ver el temporal en que se debate hoy la nave de la Iglesia, en sí misma, en la calle, en la masa popular, así como en sus seminarios y universidades.
Todo lo contrario, es un desafío sólo en nombre y con el poder de Jesús de Nazareth, con las obras y los hechos, al oleaje que embiste con todas sus fuerzas a la roca inconmovible de Pedro, desde la que no tememos los vientos huracanados ni los cataclismos más enconados y desconcertantes, aunque procedan del interior mismo de la Iglesia.
Sin agarrarme así al integrismo, ni al progresismo, pero sí al Vicario de Cristo de siempre, hoy Juan Pablo II.
Sin angelismos, ni fanatismos, sin evasiones, ni pretensión alguna de liderazgo, ni ortodoxia de antaño o privilegio de grupo confirmado en la verdad, sino sencillamente con la garantía única de la sencillez evangélica, sin más aparato que una obediencia activa y responsable a Dios y a su Iglesia de Roma.
Al estilo y con la ayuda de Nuestra Madre, la Virgen, abiertos al Espíritu, a los hombres todos y a los signos de los tiempos.
Dispuestos a avanzar, haciendo camino al andar y esperando el aumento de talentos, a medida que arriesguemos y pongamos en juego los pocos o muchos que cada uno posee. |