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Urgencia misionera
Una de las fuentes del celo apostólico es el diálogo con Cristo Cabeza sobre la situación del mundo y de la escucha del clamor de los miembros de su Cuerpo: nos urge a aplicarnos con todo nuestro ser y a tiempo completo a esta misión tan vital. Cristo nos contagia sus mismos sentimientos y la intensidad de su vivencia al ver las mieses: “Fuego he venido a traer a la tierra, ¡y cuánto ansío que ya esté ardiendo!”(Lc 12,49). Esta urgencia misionera nos lleva a anunciar la Buena Nueva a tiempo y a destiempo; a vivir con intensidad cada momento de nuestra jornada, como si fuera la última; a velar para que la Palabra de Dios no quede encadenada; a estar vigilantes y diligentes, respondiendo con responsabilidad de administradores de la Vida de Dios; a tomar los medios más eficaces de cara al fruto que Dios tanto espera y nuestros hermanos necesitan; a buscar obreros para tanta labor, para la cual no damos abasto; a no detenernos en las añadiduras; a procurar en todo la mayor eficacia apostólica. (Cfr. EFMVD 145 -152). |
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