Quiénes somos
 
Fundador
 
Historia
 
Fraternidad VD
 
Familia VD

Pautas de oración

El tiempo pasa

Pero tú, no lo dejes pasar sin más

 

Lunes, 16 de Enero de 2006

“Transformemos el corazón para acoger la Palabra ”

1S 15,16-23 ¿Por qué no has escuchado a Yahveh?

Sal 49, 8-23 Al hombre recto le mostraré la salvación de Dios.

Mc 2,18-22 Nadie echa vino nuevo en pellejos viejos.

¡Ah, si escucháramos hoy su voz!

Su palabra nos invita a que en todo momento seamos dueños de nuestros actos y no obremos nunca movidos por lo que los demás hagan o piensen, pues a nosotros, los cristianos, se nos ha concedido el privilegio de escuchar la voz de Dios, que nos va marcando en todo momento el camino que hemos de seguir. Dios nos invita a que seamos obedientes a esa palabra que cada día nos regala, para que, como auténticos reyes y dueños absolutos de nuestros actos, sepamos optar por lo que es bueno, agradable y perfecto a los ojos de Dios (Rm 12,2).

Puede que nuestra intención sea buena, pero sería bueno recordar lo que nos dice el salmo: No todas nuestras obras ni nuestros sacrificios ni nuestra religiosidad tienen valor a los ojos de Dios si lo hacemos sin amor. Motivados tal vez por un deseo de justificar nuestra vida, nos situamos lejos del pensamiento de Dios: “Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos” (Is 55,8). No nos equivoquemos ni nos engañemos creyéndonos ya en la verdad; miremos con atención qué pensamientos, qué razones, hay en nuestro corazón y examinémoslos a luz de la palabra de Dios. Dios nos llama a ser reyes, a ser sus enviados, no para nuestra gloria personal, sino para que nuestras vidas sólo sean una acción de gracias por todo a Dios.

En el evangelio, Jesús, nos llama a la conversión, para que cada vez que invoquemos a Dios desde nuestra pobreza, y Él pueda liberarnos y hacer nuevos nuestros corazones, capaces de acoger el vino nuevo de su Palabra. Abramos nuestros oídos a su palabra, escuchándola con atención para que sea ella la que nos guíe, nos abra caminos nuevos y nos renueve constantemente de todas las impurezas que en el caminar de cada día se nos van pegando.

Pidámosle a María, nuestra mamá, que nos ayude y nos enseñe a caminar por los caminos que ella recorrió y que tanto agradaron a Dios: Sencillez, humildad, y entrega confiada y total a Dios.

 

Martes, 17 de Enero de 2006

Solo del amor puede brotar la verdadera vida”

1S 16,1-13 El hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón.

Sal 88,20-28 He encontrado a David mi siervo; mi lealtad y mi amor irán con él.

Mc 2,23-28 El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado.

¡Voy a enviarte a Jesé! Así, con estas palabras, el Señor nuestro Dios nos comunica, a ti y a mí, que hoy escuchamos su palabra, que somos sus enviados, que nuestro ser cristiano sólo tiene sentido si obedecemos la voz de Dios y salimos al encuentro de tantos hombres que necesitan ser rescatados, que necesitan que se le anuncie que sus vidas tienen un valor incalculable para Dios.

Cuántas veces juzgamos y condenamos de antemano a personas dejándonos guiar por nuestros criterios, sin apenas pararnos a pensar qué opina Dios de ellos. El Señor, hoy, nos invita a mirar con sus ojos, a tratar de buscar lo bueno que hay en cada persona, nos invita a no condenar, sino a optar por el amor, pues sólo del amor puede brotar la vida, sólo a fuerza de amor se puede reconstruir, edificar, lo que está en ruinas. Si sacas lo precioso de lo vil, serás como mi boca (Jr 15,19).

Muchos esperan experimentar la paternidad de Dios, pero, ¿cómo van a poder llamar a Dios ¡Padre!, si nadie se lo comunica?

El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10). Hay muchos “David” esperando que alguien les diga que Dios les ama, que Dios cuenta con ellos.

Nos recuerda que ante todo tengamos siempre presente a la persona. En nuestra situación actual, con tanta diversidad de opiniones, con tantas ideologías, con tantos juicios de unos contra otros, Dios nos pide que no nos quedemos en las apariencias, sino que nuestra mirada trascienda sobre lo negativo que pueda haber en cada persona y aprendamos a mirar con los ojos de Dios, posiblemente nuestra mirada llegara a ser punto de apoyo desde el cual se pudiera producir el cambio y la conversión.

Los cristianos somos los primogénitos del amor, los enviados a anunciar a los hombres que Dios es nuestro Padre. Que María que es madre de todos los hombres nos ayude a mirar con ternura, con esperanza y con posibilidad de salvación, a todos los hombres.

 

Miércoles, 18 de Enero de 2006

“Dios nos envía al mundo, arropados por su amor y su fuerza”

1S 17,32-33.37.40-51 “Vete y que Yahveh sea contigo”.

Sal 143,1-10 Yahveh, mi roca, mi amor, mi escudo en el que me cobijo.

Mc 3,1-6 ¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal?

La palabra de Dios, tanto en nuestro tiempo como en tiempos de David, nos ánima a mirar el futuro con esperanza y confianza; cierto que hoy como ayer consolidarse en el amor, en la obediencia, en la fe de Dios como salvador nuestro, conlleva dificultades y mucha constancia, pues los enemigos nos acechan y no son fáciles de vencer; por eso necesitamos más que nunca pararnos y escuchar cómo y de qué manera quiere Dios que nos preparemos para el combate.

A menudo, los cristianos, tenemos la tentación de enfrentarnos a los que opinan distinto a nosotros con sus mismas armas, sin embargo tanto Jesús en su palabra: “Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada a espada perecerán” (Mt 26,52 ), como David: “Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy contra ti en nombre de Yahveh”; nos recuerdan que ni por la espada ni por la lanza salva Yahveh, que sólo existe un único método para vencer a nuestros enemigos: La oración como escucha de la voluntad de Dios, el amor como arma que a todos alcanza, y la palabra de Dios como piedra que toca y derriba los corazones más duros. Esa es nuestra esperanza. Dios nos envía al mundo arropados sólo por su amor y defendidos por su fuerza. Vivimos tiempos en los que nuestros enemigos no son pocos. Los hay de puertas afuera: Todos los que nos persiguen, nos odian y desean que desaparezcamos para que con nosotros desaparezca todo lo que pueda evocar el nombre de Dios; y los hay interiores: nuestro orgullo, egoísmo, vanidad, prepotencia,... que tantas veces nos resultan difíciles de dominar y complicados de vencer. Conviene, por tanto, que no nos confiemos creyendo que ya lo sabemos todo y que por nuestras propias fuerzas los vamos a vencer. Los que nos llamamos creyentes corremos un grave peligro que Jesús en el evangelio denuncia tantas veces: Caer en la hipocresía, como los fariseos, por querer defender lo que nos conviene

Pongamos nuestros ojos en María, la humilde esclava del Señor, para quien su único afán fue guardar y defender en su corazón el amor de Dios, para poderle dar a luz y mostrarlo a todos los hombres.

 

Jueves, 19 de Enero de 2006

“Somos servidores y testigos del amor de Dios por los hombres”

1S 18,6-9;19,1-7 Yo hablaré por ti a mi padre.

Sal 55,2-13 Yo sé que Dios está por mí; en Dios confío y no temo.

Mc 3,7-12 Una gran muchedumbre al oír lo que hacía acudió a El.

Escuchando la palabra, uno experimenta cómo todo lo que vivió y le sucedió a David, Dios lo quiere repetir también en nuestras vidas; como David, también nosotros hemos sido buscados, separados del mundo para una misión muy concreta: Servir y hablar a los hombres del amor de Padre, y como David tampoco estamos exentos de envidias e injurias. Jonatán, movido por amor a David, salió fiador de él ante su padre, le rogó por su vida. También nosotros tenemos un fiador, Cristo Jesús, que intercede por nosotros al Padre: “ Por ellos te ruego, por los que tú me has dado, porque son tuyos ” (Jn 17,9).

Entregando su vida a la voluntad de Dios, David consiguió que se le concediera una gran victoria: “Preservar a los hijos de Israel de sus enemigos”. Hoy, el Señor, nos llama a entregar nuestras vidas para que El pueda rescatar a muchos de la ignorancia, de la orfandad, de una vida mediocre y vacía. ¿Seremos capaces de salir fiadores como Jonatán por David, como Jesús por nosotros, de todos aquellos que el Señor pone en nuestras vidas? O quizás cuando Dios nos pregunte como a Caín: ¿Dónde está tu hermano?, nuestra respuesta sea: ¿Soy acaso yo su guardián? Puede que nos atenace el miedo al ridículo, vernos limitados y pobres, sentirnos indignos de esta misión; Dios ya nos conoce, lo sabe y cuenta con ello, por eso, en el Salmo, se nos vuelve a recordar, que El está por nosotros y, como dice Pablo: Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Rm 8,31)

La victoria de David está fundamentada en la confianza de que Dios está de su parte. Dios, que le confía la misión de salvar a su pueblo de sus enemigos, no le va a dejar solo en la lucha; y esa es nuestra confianza también, que en lo poco o mucho que vayamos comprendiendo que Dios nos pide, no serán nuestras fuerzas ni nuestro saber lo que haga posible que nos pongamos en marcha, sino sólo el amor de un Dios que nos promete estar a nuestro lado. El evangelio nos habla de cómo una gran muchedumbre, al oír hablar de Jesús, acudía a Él para ser curados, ¿quién va a hablarles de que Jesús les puede curar? Digamos como el profeta Isaías: “ Heme aquí, envíame a mí ”.

 

Viernes, 20 de Enero de 2006

“Que nuestras vidas sean testigos de que el amor todo lo puede”

1S 24,3-21 ¡Que Yahveh defienda mi causa y me haga justicia!

Sal 56,2-11 Tenme piedad, Oh Dios, que en ti se cobija mi alma.

Mc 3,13-19 Llamó a los que El quiso, para que estuvieran con El.

Cada día el Señor pone ante nosotros muchas ocasiones para poder elegir entre el bien y el mal, entre dar vida o quitarla: Escoge la vida, para que vivas tú y descendencia amando a Yahveh, escuchando su palabra, viviendo unido a El (Dt 31,19). Pero si estamos ajenos a su palabra, si nuestros oídos permanecen cerrados a su voz, ¿cómo podremos discernir entre lo que es la voluntad de Dios y la nuestra?

Has mostrado tu bondad ”, le dice Saúl a David, y esa es la razón de ser de todos los que somos creyentes, que ante toda elección, ante todo posible juicio, optemos siempre por lo que Dios Es y quiere de nosotros: Que seamos imagen de su amor y de su bondad para todos los hombres.

Cuántas veces nos encontramos justificándonos ante nuestras respuestas negativas, ante los ataques que nos puedan hacer, diciéndonos: “Es que me ha hecho”, “es que me ha dicho”,... y perdemos la paciencia, el dominio de nosotros mismos, incapacitándonos para ponernos a la escucha de la palabra que nos ayuda a sacar fuerzas de flaqueza, para hacer aquello que agrada a Dios y le parece bueno. Olvidemos nuestros peros , que la palabra de Dios es clara y contundente. Nos dice : “Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen”, esa es nuestra tarea, dejando que el juicio sea de Dios (Mt 5,44).

Si en nuestras angustias nos cobijamos en el Señor y le invocamos día y noche, Dios nos regalará la oportunidad de poder responder como David, porque nuestro corazón estará lleno del amor y la verdad de Dios.

Jesús, en el evangelio, nos hace una llamada a comprender sus deseos y prediquemos que si con plena libertad acogen el amor de Dios, podrán experimentar en sus vidas la salvación de Dios Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham (Lc 19,9).

Que nuestra Madre, María, nos ayude a vivir con valentía nuestra vocación, aprendiendo de ella a acoger, meditar y encarnar la palabra de Dios, para que nuestras vidas puedan ser testigos de que el amor lo puede todo, porque sólo quien ama construye sobre roca y es luz.

 

Sábado, 21 de Enero de 2006

“Cimentemos nuestro amor en la confianza de un Dios que nos salva”

2S 1,1-4;1-12.19;23-27 La gloria de Israel ha sucumbido.

Sal 79,2-7 Has entregado la carne de tus amigos a las bestias de la tierra .

Mc 3,20-21 Sus parientes fueron a hacerse cargo de EL.

David y Saúl, ambos ungidos por Dios, llamados a ser reyes, optan cada uno de ellos por llevar a cabo la misión por camino distintos. Saúl, afirmado en sus propias fuerzas; David cimentado en el amor y la confianza en un Dios que le protege y le salva. También nosotros somos elegidos por Dios para conducir a su pueblo hacia la paz, hacia la fraternidad y el amor, pero, ¿cuál es nuestra opción? ¿tendremos la suficiente humildad para reconocer que nuestras fuerzas necesitan el apoyo, la colaboración de Dios para que todo salga bien? Dichoso el hombre que se complace en la ley de Yahveh... todo lo que hace sale bien (Sal 1,1-3).

La palabra de Dios nos invita a permanecer en todo momento unidos al Dios fuerte que nos salva, nos invita a reflexionar y ver cuántas veces en nuestra vida, haciendo caso omiso a Dios, nos hemos roto y se nos ha desgarrado el corazón. Los problemas, las dificultades, pueden arrebatarnos la esperanza, la ilusión de ser felices, y, Dios, que lo sabe, quiere venir en nuestra ayuda, nos invita a abandonarnos en su amor y en su gracia.

Hoy, Jesús, nos comunica su deseo de volver de nuevo a nuestro corazón, “su hogar”, para guiarnos y conducirnos por caminos que nos lleven de vuelta a su amistad. Con frecuencia, los cristianos, “sus elegidos”, decidimos vivir la vida sin Cristo, preocupados sólo de que las cosas nos salgan bien para sentirnos más felices y relajados, sin plantearnos que el Señor nos invita a comprometernos en el anuncio de la Buena Noticia de su amor. Los tiempos que nos toca vivir no son fáciles. La valentía de nuestro testimonio puede ser motivo de que muchos se encuentren con este Dios amigo y compañero, pero también nuestra mediocridad puede ser la irrisión de los que nos miran y observan.

Pidámosle a nuestra Madre, que nos ayude a tomarnos en serio la palabra de Dios, a escucharla con atención, a ser testigos fieles ante los ojos de los hombres, a creer que Dios está de nuestra parte, siempre que con honestidad y sencillez de corazón decidamos seguirle.

 

Domingo, 22 de Enero de 2006

“Dios salva, cura y reconforta renovando el corazón y la vida”

Jon 3,1-5.10 Levántate, vete a Nínive y proclama el mensaje.

Sal 24,4-9 Enséñame que tú eres el Dios de mi salvación.

1Cor 7,29-31 El tiempo es corto; la apariencia de este mundo pasa.

Mc 1,14-20 Jesús proclamaba: convertios y creed la Buena Nueva.

Si nuestros oídos escucharan hoy la voz de Dios... resonaría con fuerza su palabra diciéndonos: “Levántate y ve a Nínive”. El Señor no nos quiere dormidos, sin más aspiraciones que el vivir la vida procurando tener contento a Dios con nuestro cumplimiento de la Ley.

Levántate, abre los ojos y mira. Observa el dolor, el sufrimiento de tantos hombres que aún no han descubierto que Dios es un Dios que salva, que cura y reconforta, renovando el corazón y la vida, y proclama con fuerza la Buena Noticia de su salvación.

Necesitamos profundizar en nuestro corazón y ver cuántas veces el amor y la ternura de Dios nos han sacado de nuestro pecado, de nuestra miseria; con cuánta paciencia y dedicación, día a día nos ha mostrado sus caminos, nos ha ido abriendo los ojos a su amor y su verdad. Sólo el que se ha experimentado pecador, perdonado y rescatado de su miseria, tiene una mirada atenta a la miseria y al pecado de cuantos le rodean.

Sólo desde esta experiencia de salvación, uno puede anunciar y proclamar que Dios puede y quiere que todos los hombres se salven. Hay un refrán que dice: No hay mal que cien años dure. Sólo permanece y perdura el amor que podamos acoger en nuestro corazón y sepamos compartir con los demás. Todos los sedientos id por agua, venid, comprad y comed sin dinero... Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso (Is 55,1-2).

El hombre sufre, porque no ha descubierto a Alguien que no va a dejar su corazón frustrado, vacío, roto, desolado.

Que podamos decir: “ nos tocó el corazón, nos abrió los ojos a la inmensidad de su amor y nos cambió la vida” . Este Dios enamorado nos pide que nos espabilemos y nos pongamos en camino: “ La mies es mucha y los obreros son pocos ”. Son muchos, los que esperan ser rescatados, los que esperan que se les anuncie la salvación.

Que nuestra Madre nos ayude, y podamos ser como ella mensajeros de Buenas noticias que hagan saltar de gozo a las personas que nos confían.