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María


María, Madre de Dios y de la Iglesia, ocupará siempre un lugar único y decisivo, imprescindible e insustituible, en el Verbum Dei. La Madre impulsa y guía el ritmo creciente de nuestra vida de oración y apostolado, orienta y decide el desarrollo y configuración de nuestra fraternidad en sus dimensiones de eclesialidad y universalidad. Su presencia materna acompaña nuestras laboriosas jornadas misioneras, sustentadas por una fe viva y probada y por el gozo de un esforzado amor redentor. María fomenta nuestra vida de máxima fecundidad apostólica, formando a Jesús en nosotros y en los hermanos. Su “sí” es el modelo y sostén de nuestro “sí”.

Su vida constituida en un Magníficat , como un canto agradecido de amor a Dios y amor a los hombres, son para nosotros el modelo de una vida misionera feliz y fecunda.

El Cuerpo Místico de Cristo o Cristo Total


Amor del Padre, la voz del Espíritu Santo, el diálogo constante con Jesús y la mirada atenta de María, proyectan nuestras vidas y nos urgen a aplicarlas íntegramente sobre el Cristo crucificado de hoy o Cuerpo Místico de Cristo. Este Cristo total -Cabeza y miembros- nos abre a la "com­posición de lugar " más propia de nuestra oración y misión diarias. El encuentro personal con Él nos deja necesaria y existencialmente vinculados a este Cristo vivo que nos necesita y reclama con todo nuestro ser. Su amor y contemplación nos mueven a una plena dedicación que unifica e integra toda nuestra persona, constituyeándose en el resorte más acuciante y razón más fuerte de nuestra predicación. 
Esta se hace entonces urgencia inaplazable y arrebata de forma apremiante todo nuestro amor esponsalicio, paterno y materno en favor de los miembros dolientes de Cristo, los hermanos que maás sufren en el mundo.

La Eucaristía


La Eucaristiáa es la fragua en donde, en un iántimo diaálogo transformador, se forja la genuina personalidad del misionero. En ella se configura la fisonomiáa interna del apoástol y de la Fraternidad, y la convierte en testigo del Reino para el mundo entero. 
Desde la contemplacioán y diaálogo personal con Cristo presente en la Eucaristiáa, traducimos en vida, las verdades de la fe que debemos propagar, para que todos " tengan vida y la tengan abundante ". 
La Santiásima Eucaristiáa significa y realiza la unioán de todos los hombres en uno. Su fruto propio es la comunioán. De ahiá, que esta fuente de espiritualidad sea el sacramento y sacrificio fundamentalmente constitutivo de la Fraternidad. 
Alimentados del Pan eucariástico, el apoástol y la comunidad cristiana se van configurando con Cristo, sintieándose vitalmente hermanos de todos los hombres, y dando origen a una Fraternidad universal.

La Inhabitación de la Trinidad


La presencia de la Trinidad y el calor vital de su amor se constituyen en nosotros como el primer hogar de nuestra vida misionera, en el cual nacen a la vida los hijos de Dios. Es la fraternidad fontal, "casa de oracioán para todos los pueblos" y escuela de oracioán de los verdaderos disciápulos de Cristo. Esta presencia interior y amorosa de la Trinidad marca el ritmo de nuestro vivir fraterno y apostoálico en una tonalidad nueva y trascendente. Su compañiáa es inefablemente rica; es la fuente de nuestro amor maás genuino y de una vivencia afectiva plena. Es el verdadero y permanente " viaático ", el mejor compañero de viaje. La vivencia personal y comunitaria de este amor trinitario es revelacioán del Reino de Dios ya presente en nosotros mismos. Convivencia inefable con nuestra verdadera y eterna "Comunidad trinitaria" que nos introduce en la gratuidad de su amor, capacitaándonos para llegar a ser fermento y semilla de fraternidades cristianas en todo el mundo.