Entiendo que tenemos que modernizarnos y que el incesante y desordenado paso de muchos peatones en las esquinas hace imposible el avance de los autos y las micros; pero añoro esa mirada de complicidad que se daba entre cada chofer que se detenía ante el paso de cebra y gentilmente cedía la vía a los peatones que transitaban afanosamente por la calle.
En ese diálogo sin palabras, hay algo de un profundo gesto de humanidad, que me hacía rescatar al ser humano concreto, que vaga silencioso en las calles a pie o en su auto. Quizás era una de las pocas veces en que nos miramos a la cara con los desconocidos y se daba como ese pacto anónimo de unos segundos donde volvíamos a reafirmar nuestra convicción por el valor de la VIDA.
Se que todo eso suena demasiado romántico quizás y hasta tonto en nuestra agitada vida que cada vez va tomando ese carácter de “ciudad grande, impersonal”; pero sigo deseando que Valparaíso como algunos decían no sea solo Patrimonio de la humanidad sino patrimonio “de Humanidad” y aunque solo es un juego de palabras, la densidad del contenido brilla por su ausencia.
Pero aún así, el descubrir a “otros” aunque sean desconocidos transitando por la calle, no blindados en sus “máquinas automovilísticas” que lo hacen potencial competidor del último sitio de estacionamiento sin paga o el lugar para girar en el semáforo; sino así, a pie, como desarmado, sin protección, es algo que nos devuelve a nuestra realidad profunda de desprotección, debilidad y en último término, quizás lo más bonito del ser humano: necesitados unos de otros.
Si aún encuentras un paso de cebra, deja que ese fugaz encuentro de miradas, caldee el corazón, recordándonos que la tierra y, en últimas, el destino de la humanidad dependen de nuestras pequeñas opciones por no dejarnos convertir en robots, sino mantener esa calidez interior que acoja cada mirada que espera ese sutil acatamiento para poder avanzar unos pasos más allá no solo hacia el otro lado de la vereda, sino quizás hacia el otro lado de una dificultad, un problema, una decepción... y no lo hará sin nosotros, sin ese apoyo, avaces pequeño, muy pequeño pero que le hace sentir persona, útil, necesario, en casa, en el trabajo, en el estudio, en el universo.
Alicia Gómez,
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