
Nos acercábamos a una glorieta o rotonda, esas que siempre me hacen pensar que llegan momentos en la vida en que, para seguir hacia adelante es necesario girar, cambiar de rumbo, porque de lo contrario no solo resulta imposible continuar hacia donde realmente quieres llegar, sino que además te estrellarías estrepitosamente. Pero a la vez me recuerda que la glorieta no es un lugar para estar eternamente, sino solo de paso para luego continuar nuestra ruta. Porque, al no potar por ninguna vía, estaremos eternamente dando vueltas sobre nosotros mismos sin encontrar nada, sin sentido.
Todo esto me hizo ver que, a veces, los problemas en la vida tienen una cierta forma de glorieta: parece que llegan desde fuera y nos impidieran seguir adelante, pero, en realidad, lo que podamos percibir como problema puede convertirse en la mejor de las oportunidades. Todo depende de lo que significan para nosotros “los problemas”.
Mucho se ha escrito sobre los problemas, y, en la mayoría de los casos, nos dicen: “hazle frente, no los evadas, resuélvelos” o “ignóralos, déjalos pasar”. En los dos casos da la impresión de que fueran un pesado camión que inesperadamente avanza a toda velocidad hacia nosotros, lo que me recuerda cuando alguien decía: “no vemos las cosas como son, sino como somos”. Y la vida diaria me constata que es así. Porque lo que para uno es problema, para otro ni siquiera es algo que le inquiete. Entonces, en nuestro hablar de un problema, en realidad decimos más acerca de cómo percibimos el mundo (y nosotros mismos) que del problema en sí.
En el fondo, las crisis nos dejan ver aspectos de nosotros mismos o de nuestro entorno que nos abren la posibilidad de descubrirnos más profundamente. Es la oportunidad para darnos cuenta de que cada uno de nosotros siempre puede decidir cómo quiere vivir. Los problemas y las oportunidades transitan por el mismo sendero, a pesar de que tantas veces parece que fueran cosas opuestas, imposibles de asociar.
Por eso, muchas veces, la mejor ayuda no es gastar energía en convencer al otro de que está equivocado, sino en ayudarlo a mirar de otra forma la realidad, invitándolo a ir más allá. ¡Y que bien sabe Dios hacer esto sobre la base de preguntas que, suavemente, nos llevan a descubrir nuevos horizontes!
Alicia Gómez Bernal,
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