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     Un hombre está tirado en el suelo, entre las calles Brasil y Argentina de Valparaíso, frente a la Universidad Católica. El hombre no muestra señales de vida, parece borracho, inconsciente. Es tarde, la gente regresa a sus hogares, y el hombre tirado en la calle ahí, frente a nosotros. Sin embargo, todos vamos regreso a la casa, luego de extenuantes jornadas. ¿Qué será entonces del hombre tirado el suelo?

     Mientras mi colectivo parte, y el hombre tirado se pierde en el retrovisor, una breve reflexión parece indicar que no es solo un hombre tirado en la  calle, es El mismo hombre quien yace tirado en el suelo de la vida, demasiadas veces sin aspiraciones, sin sueños, sin dignidad. Estos hombres, suma de incontables errores, que no pueden ponerse de pie.

     Ya había viso otro, cerca de la ratonera (edificio Cousiño), un día de la semana, a eso de las 2 de la tarde. Nunca supe si me impresionó más el verlo tirado junto a los perros, o el estudiante que en su carrera por llegar a clases saltó sobre él –cual bulto de papas- para llegar, me imagino, temprano a clases o entregar un trabajo.

     Más allá del impacto de la situación, parece ser que no es tab difícil levantar a ese hombre de la calle. Tal vez con un poco de paciencia y algo de convencimiento.  Levantarlo del suelo en que vive –ahora bien-, eso es otra cosa.

     Vivimos en tiempos de desenfrenos. La vida se hace cada vez más vertiginosa, una cuesta abajo de información, responsabilidades, problemas, tragedias… Es fácil soltar los frenos de la vida, y dejarse llevar por los instintos más básicos.

     ¿Quién no ha escuchado la historia de un trabajador que tomó la quincena y  se la fue a gastar a un lugar de mala fama? O de aquel otro que salió el viernes y llegó el lunes. O de aquel otro que pasa las tardes del fin de semana en los salones de pool con los “amigos”, jugando al macho latino.

     El orgullo. ¡Piedra de tropiezo de nosotros, las personas! Si pudiéramos observar lo tonto que nos vemos vestidos de orgullo, desearíamos más sinceramente ser humildes, humildes en busca de la verdad de quienes somos.

     El hombre  y sus fuerzas

     La vida nos provee de fuerzas físicas para dominar la naturaleza. Contamos con habilidades para sacar adelantes grandes empresas comunes, donde el desempeño de cada obrero, ejecutivo, oficinista, barrendero es necesario para seguir empujando la gran maquinaria de la sociedad.

     Sin embargo, existe  el gran sinsentido de la semilla de la autodestrucción sembrada en nuestros corazones. Todos tenemos en nuestras manos la fragilidad de nuestro futuro y de quienes dependen de nosotros.

     Ser hombre es ser fuerte, valiente, pero sin duda, no abusador ni despilfarrador.  El enojo es necesario, pero como dijo el filósofo, lo difícil es hacerlo con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto y de la forma correcta.

     Si nuestros orígenes han estado marcados por la belicosidad, el odio, la guerra ¿por qué habría que sorprenderse entonces de seguir viendo tanto arrojo en nuestra cuidad, tantos deseos de tirar la vida por la ventana? Tal vez porque muchos de nosotros esperamos más de nuestro pueblo, más de nuestros hombre y mujeres. Tal vez porque es necesario;  necesario ver al hombre de pie, ya que si ese hombre puede estar de pie, ¿por qué ha de estar tirado?

     Esta extraña criatura que habita en la tierra, que se para en dos pies y que sabe que sabe, es la criatura de las grandes maravillas, pero también de las grandes decepciones. Autor de lo más bello pero también de los mas monstruoso.  Es el animal de la voluntad, el que viene cojo del vientre, y que por pura decisión debe corregir su torcido caminar. De no hacerlo, cojeará, pero no solo: cojeará la sociedad completa.

     Entonces ¿qué hacer? ¿ Por donde comenzar?

     Aquí es cuando necesitamos la gran hipótesis del Génesis, esa que habla de un hombre inicialmente bueno, inicialmente bello (y vio Dios… ).  Pero, ¿puede un hombre volver a nacer siendo ya un adulto? (cf. Lucas 23, 24). La misma pregunta que le hizo el maestro Nicodemo al carpintero de Nazareth. Tal vez valga la pena escuchar una vez más aquella respuesta:

 

Jesús le respondió: «Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? «En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio.   Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo?
     Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.   Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre,   para que todo el que crea tenga por él vida eterna.   Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.   Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

 

     No ha venido Dios para juzgar al mundo…  Me pregunto si se podrá levantar al hombre solo reprendiéndolo. Creo que si se pone de pie, será solo para alejarse de quien se encargue de la reprimenda. ¿Cómo encantar, entonces a un corazón abatido, marchito, sombrío, muerto? Gran pregunta. Creo que hace falta la GRAN BOMBA de perdón y de misericordia del corazón del Dios que nos entrego la vida de Jesús: una vida sin juicios, sin castigos, sin odios, que es capaz de poner de pie al hombre. El mismo que pregunto

 

¿Qué es más fácil, decir: "Tus pecados te quedan perdonados", o decir: "Levántate y anda"?

 

     El mismo al que pertenece la fe que pone de pie al corazón más tullido. Ésa fe que debemos pedir quienes buscamos reconstruir este mundo, para que muchos podamos rehabilitarnos de la discapacidad del descontrol, el odio, el consumismo, las adicciones, el engaño, la deslealtad… y poder, por fin,  levantar la mirada a la belleza de la vida en sinceridad, en fraternidad, partiendo por tomar las riendas de nuestras vidas y así poder hacernos cargos de la misión de cuidar las vidas que están a nuestro alero, las vidas de nuestros hijos, trabajadores, compañeros, amigos y hermanos. Los mismos de los cuales dependemos tantos, y a quienes debemos más aún.

     Ojala nuestro corazón quiera nacer de nuevo a creer esto hoy. ¿Te animas? Si lo haces, ya seremos dos.

Edgardo Figueroa,
discípulo

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Un hombre tirado en la calle
"...Me pregunto si se podrá levantar al hombre solo reprendiéndolo"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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