
Bueno, en este punto vale la reflexión de las cosas que estamos haciendo, a veces, como autómatas; es decir, automáticamente.
Resulta que de pronto nos despertamos en una cuidad, un país, donde todo tiene un precio. Habiendo dinero para pagar un determinado servicio o bien, es posible conseguir de todo. ¿Alguien dijo educación? Ahí está, incluso con ofertones de temporada o con la posibilidad de elegir distintas marcas. ¿Cuánto tienes? Si tienes lo suficiente, seguramente podrás llevarte un producto prestigioso y que te asegure un futuro esplendor. ¿Alguien dijo Seguridad? Tenemos cinco planes a elección, incluyendo la última novedad de un cercado eléctrico recién importado de Gringolandia. ¿Diversión, Sexo...? Lo que se le ofrezca, mientras pueda pagarlo, existen cómodas cuotas para todo cuanto usted pueda pensar. Y si no se le ocurre, no se preocupe, tenemos gente pagada que ya está pensando por usted lo que podría necesitar la próxima temporada.
Lo peor de todo, en todo caso, no son estos hechos superficiales. Lo peor es que, dentro de este huracán de dinero-por-cosas, dejamos de lado nuestro entendimiento, nuestro cariño, nuestro sentir.
En otras palabras, si bien nos salvamos de vender el alma al Mr Satan, caemos con voltereta en el aire y todo incluido en el ritmo de vida actualmente impuesto. Este ritmo de vida que, para entrar en el, te pide, como si fuera un detector de esencia humana de un aeropuerto, que te despojes de todo cuanto pueda significar una amenaza a las cosas establecidas.
Todos corremos tras la prosperidad material que esta manera de vivir nos promete, sin darnos cuenta que al correr tras esta zanahoria estamos avanzando en la dirección contraria al tesoro más grande: nuestra esencia humana. Ser personas; mejor aún: ser buenas personas. Si bien es posible compatibilizar el ser persona (buena persona), con un trabajo, un puesto, o lo que sea, la verdad sea dicha, son cada vez más los estilos de esos trabajos, puestos, que hacen totalmente imposible alcanzarlos “exitosamente” y seguir siendo nosotros mismos; es decir, personas, personas buenas, con sentimientos de personas, con entendimiento de personas, con sensibilidad de personas.
Todo esto nos lleva a la pregunta: ¿ qué @♦◘♣!# está pasando?. Ojalá (en su sentido más etimológico) que podamos reflexionar y enfrentar el miedo pavoroso que nos inculcan a pensar, a reflexionar, a criticar las cosas que nos presentan, los estilos de vida en boga.
¿Habrá acaso otro camino? O es que olvidamos que la historia la escriben quienes buscan constantemente nuevos rumbos.
Hasta ahora, esta historia, tal como va, parece haberse vuelto monotemática. Se escribe en computador en letra Times New Roman 14 y parece seguir un trazo lineal, sin mayores oscilaciones. Termino estas palabras que escribo en mi notebook modelo prehistórico, entendido así por muchos por cometer el delito de seguir siendo útil a su dueño luego de 10 años de haber sido vendido. Paradójicamente, esas mismas máquinas que un día nos prometían el preciado ocio y el bienestar humano, hoy nos han logrado mimetizar a su rapidez y deshumanización de las que son tan propias.
Todo sucede rápidamente, y todos corremos a ver si alcanzamos a subirnos a esta micro de la modernidad. Rápidamente, porque al parecer es la única cosa en la que las máquinas aventajan al ser humano. Parece ser el precio que han pagado estos bichos por no haberse inventado a sí mismos. ¿Será que la criatura creada finalmente se convertirá en el amo de su creador?
Para evitar seguir deshumanizándonos aún más, es necesario reordenar el verdadero valor de las cosas, poniendo a los más nobles en primer lugar de la jerarquía, dejando al final a las simplificaciones y abstracciones de la vida. Se hace necesario volver el rostro a lo verdadero y real, lo humano, dando la espalda por fin a espejismos tecnológicos de la realidad, que, en algún momento se presentaron como medios, pero que últimamente parecen ser los fines de demasiadas personas en demasiados lugares con demasiada rapidez.
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Qué duda cabe que cada vez el tiempo parece ser un elemento cada vez más escaso.
¿Qué día es hoy? ¿Miércoles? No, ya es viernes. ¿Viernes? Pero si ayer era lunes recién. ¿Mayo? No puede ser, si hasta hace poco era marzo. 2015. Pero si pareciera que el 2000 hubiera sido ayer, 1990 anteayer .
El celular suena (parece que lo escucho mientras camino por la calle) y hay que correr a contestarlo; ya llegó fin de mes, las prepotentes cuentas nos asaltan. La U.F. sigue creciendo, la gente se apura al trabajo en la mañana en medio de bocinazos y apretujes.
Parece que vamos en una montaña rusa cuesta abajo. Entre el trabajo, los estudios, ambas cosas a la vez, la familia, las cuentas, de pronto olvidamos un poco el sentido del tiempo y nos vemos envueltos en un activismo frenético.
¿Cuándo pasó todo esto? Si hasta ayer no había nada de esto.
Lo divertido de todo es que, visto en perspectiva, todo ha ido pasando progresivamente, y nosotros, los ciudadanos, hemos ido cediendo a cada paso de este proceso.
También es divertido pensar en la siguiente escena. Alguien viene a ti con un documento. El documento señala que al firmarlo le estás cediendo tu alma a quien aparece como destinatario de la venta. Levantas la mirada y hay un tipo con cola y cachitos con un bolígrafo en la mano mirándote mientras te guiña el ojo. Estoy seguro que nadie en su sano juicio firmaría. Sin embargo, ....
Podríamos decir que el Alma es algo así como lo más propio del ser humano; algo así como el espacio incorruptible e incluso trascendente. Tal vez por eso venderla parece ser en la literatura y cultura popular algo simplemente descabellado. Según la Real Academia, el alma (del lat. anima [de ahí vienen las animitas]) es “sustancia espiritual e inmortal, capaz de entender, querer y sentir, que informa al cuerpo humano y con él constituye la esencia del hombre”.
O sea.
Viendo con calma los hechos cotidianos, me pregunto cuánto tiempo dedicamos a entender, querer y sentir las personas y cosas que nos rodean. Para qué hablar de si nos planteamos algo llamado “esencia del ser humano”, o sea, pararse un segundo y pensar si eso llamado esencia es algo importante.
Volviendo a la escena anterior. Resulta que, si bien no hay ningún cuidadano tan jil (dícese, idiota, bruto, simio) como para firmar el documento viendiéndole el alma al coludo personaje, sí sucede que todos transitamos silenciosamente en el camino de transformarnos en otra cosa, algo distinto cada día, en cada etapa de nuestras vidas al estilo chilensis (suena bien chic).
¿Pero qué es eso en lo que nos estamos transformando?