

Me subo a la micro y busco el mejor lugar para sentarme y disfrutar del bello paisaje que ofrece la Av. España, ruta costera que une Valparaíso con Viña del Mar, y viceversa.
Me siento, acomodo el bolso, la chaqueta, corro la cortina, abro la ventana, me apoyo contra el asiento y suspiro. Por fin, todo listo para disfrutar de otro buen viaje de vuelta de un día de trabajo (trabajo para encontrar trabajo).
Sumido en la maravillosa sensación que, aunque sea por 45 minutos, dejo de tener responsabilidades sobre mi entorno, es decir, de dejar que el tiempo pase a su antojo mientras el tráfico y el humor del señor conductor toman las riendas de mi vida por un rato, de pronto me percato de un intenso e insoportable olor que sale de algún lugar de la micro. Me volteo y allí está lo que imaginé: un viejo maltrecho, sucio y maloliente. No es el primero que veo en la micro, ni por cierto en las calles.
Es increíble, me da la impresión de que el número de estas personas cada vez crece más. Observando estas personas atentemente en las calles, he podido incluso apreciar el progreso de degradación de una persona hasta llegar al estado de impresentabilidad que exhibía mi co-usuario del transporte (si así lo puedo llamar). Empiezan recorriendo las calles de la cuidad, la aparencia descuidada, la mirada extraviada. Luego dejan de lado todo aseo, hacen de la calle su residencia y comienzan a pedir limosna, con lo que beben y se alimentan.
Algunos incluso presentan estados tan deplorables que impactan fuertemente, como alguno que he visto con una gruesa capa de suciedad grasienta de color oscuro sobre la cara, como si se tratara de una extensión de la grasa cutánea de un olor insorportable, u otros con los pies destrozados con llagas a la vista por alguna enfermedad a la piel que se pasea descalzo invierno y verano por las calles.
Volviendo a la micro, mi primera reacción es cambiarme de puesto: imposible, estoy casi adelante e ir más atrás solo empeoraría las cosas. Bajarme está descartado también, ya que pagué con las últimas monedas del día. Resignación, paciencia y una especia de ejercicio yoga del olfato para aguantar el viaje, pero sobre todo una profunda reflexión, me invitan a seguir adelante en este particular viaje de regreso. Me volteo nuevamente para observar su cara, sus ojos. Es una persona casi en sus sesenta delgado y con cara de viejito bueno. Verlo me compadece. Especialmente porque observo todavía sensibilidad en su reacción ante mi giro espontáneo para verlo. Se siente incómodo, pero ante todo nervioso, como si esperara algún comentario ofensivo. La debilidad de este ser me toca profundamente, hace que un simple viaje en micro que provoque un cuestionamiento acerca de cómo vivo.
Adelante en la micro, quien parece ser la pareja del conductor, sentada en el asiento reservado a los "amigos" -y algún patudo que pide permiso-, carga entre sus brazos un bebé. Es una guagua hermosa, con una mirada angelical.
De pronto me encontré a mi mismo maravillado ante esta tierna critaura y me golpeó la siguiente pregunta. ¿Cómo es posible negar la afirmarción de que hace aproximadamente 60 años el señor sentado tras de mí de repugnante apariencia no fue en su momento un hermoso bebé, una hoja en blanco lista para recibir la historia de un hombre más sobre la tierra? Este pensamiento me sobrecogió de sobremanera. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Qué había pasado entremedio para que aquella adorable criatura llegara al estado tan penoso en que se encontraba este hombre sentado allí?
Una pregunta que sin duda da para sentarse a reflexionar con tiempo. Tiempo que esos 45 minutos permitían. A mi mente acudían las distinas desgracias en la vida de un hombre que pueden conducirlo a una vida errante y mísera: un divorcio,el suidicio de alguien querido, la orfandad... Catástrofes de la vida que algunos logran superar, y otros no. También hacía un paseo por todos los vicios que destruyen a la persona a tal punto que el anomimato callejero puede parecer una salida razonable: la quiebra por el juego, la prostitución, las carreras, el trago, la droga... La lista es tenebrosamente extensa.
Mientras me sumergo en esta reflexión el viejito, se pone de pie con dificultad y se acerca a la puerta trasera. Toca el timbre y antes de bajarse con ténue voz agradece al conductor. Sin duda, no había pagado.
Sue fue el viejito y con él el olor. Pero lo que no se fue es la inquietud que sembró dentro de mí. ¿Cómo? ¿cuándo? ¿por qué? ¿cuántos? ¿Estará alguien a salvo de llegar allí? Cómo saberlo. Por ahora, solo decir que un vagabundo es una realidad extremadamente compleja y difícil de entender para dejar que la incomodidad de un simple olor condicione nuestro juicio.
Edgardo Figueroa, Traductor
Discípulo FMVD
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