Creative Commons License
¿Quieres citarnos?
super_guardia

voces_cronicas

Están en cada supermercado y farmacia del país. Pertrechados con un transmisor de radio y a veces una luma, parados sobre una tarima, vigilando, son los encargados de proteger los bienes de gigantes corporativos. Por el sueldo mínimo, se enfrentan a agresivos personajes, que van desde auténticos caraduras capaces de jurar sobre la tumba de su madre su inocencia mientras esconden pilas AA en el bolsillo chico de los jeans, hasta señoras que usan su bebé en brazos para ocultar alguna especie de mediano valor, de esas que todavía no encadenan o ponen en vitrinas con llave (me refiero a las pilas).

     Van de negro, son en su mayoría jóvenes y comparten barrio con quienes los amenazan con ser molidos a palos a la salida del turno. Son los guardias comunes y corrientes, los mismos con los que nos topamos  cada vez que vamos a comprar un remedio o a las compras del mes. Se diferencian de los de más alto estatus en que no portan armas y sus uniformes son a simple vista más deslucidos. Se trata de estos trabajadores que, luego de hacer un curso de un par de semanas, salen a combatir una de las peores lacras de nuestra sociedad: esa diaria actividad de apropiarse de la ajeno.


     Son reemplazables. Por cada guardia en la esquina de un pasillo en una farmacia hay tres esperando que cometa un error para tomar su puesto. Sin embargo, se les exige más que a nadie honestidad, bravura, responsabilidad, viveza y tacto. Están obligados a confrontar el perfil de persona que uno buscaría evitar durante toda la vida, gente sin límites entre la mentir  y decir la verdad, entre robar y pedir prestado, entre atacar y defenderse: gente que, en un nivel menos velado y más brusco, delata las  faltas de todos quienes componemos esta sociedad en nuestra desesperada carrera por la supervivencia.

A pesar de todo esto, nosotros, quienes consumimos en estos lugares, pareciéramos contentarnos a nosotros mismos con considerarlos parte de la ornamentación del lugar, poniéndolos en el mismo nivel que las plantas, la publicidad o los casillero. Sin seguridad ni reconocimiento alguno, logran encontrar algún cobijo en cierta camaradería circunstancial entre pares, dada dentro de las posibilidades del marco de empresas sin tradición ni trasfondo altruista, cuyas políticas siguen el vaivén de la competencia más cruda.


     Tampoco son ellos quienes reciben el sobajeo en la espalda por el servicio prestado ni menos el gran cheque por la insustituible labor prestada día a día. Otros son los grandes beneficiados, empresas cuyos propietarios tomaron las riendas de un negocio con un potencial sin explotar enorme: garantizar la seguridad en espacios privados. ¡Qué gran idea! La oportunidad era inigualable. A pocos años de vivir bajo la tutela certera de un régimen abominable, es natural que las personas sientan inseguridad frente a la inconmensurable libertad de vivir sin ataduras. Y como es de esperar, habían muchas energías acumuladas que esperaban el momento de abrirse paso sin tregua. Fue una oportunidad por parte de quienes sabían del arte de usar la fuerza para los fines que se estimen convenientes, quienes al quedar sin trabajo por consulta popular lograron reubicarse con éxito en el ámbito privado.


     Parece, en realidad, una historia de nunca acabar. Unos temen, otros protegen, pero nadie se pregunta por qué tememos ni por qué pagamos por protección. Entonces, cómo esperar que la vida deje algún día de ser peligrosa o insegura cuando este fenómeno ya se ha vuelto una actividad económica de proporciones. Desde los guardias, pasando por las cerraduras y las alarmas hasta las cámaras de televisión y las cercas eléctricas. Todo para que el cliente pueda vivir tranquilo. ¿Pero hasta cuándo durará esto? ¿Hasta que punto el miedo podrá mantener ciertos sectores de nuestra sociedad a flote?

     Por ahora, los guardias seguirán su lucha diaria en una extraña convergencia: defendiendo el bien de los más grandes, asegurando el placer de comprar de una masa uniforme que sostiene la sociedad de consumo y arriesgando su integridad contra "los que sobran" en esta fórmula macabra. Tres sectores que viven cada uno en un extremo del mundo, que se miran con recelo cada vez que les toca compartir algún espacio, pero que parecieran coincidir en una cosa: que  a todos, para bien o para mal, los guardias garantizan hasta cierto punto su propia perpetuación del lugar en la sociedad en el que se encuentran, y sin ellos, tal vez, correrían el riesgo de dejar de ser lo que esta sociedad espera de cada una de ellos.

Edgardo Figueroa, Traductor
Discípulo FMVD

Ayúdanos a seguir profundizando este artículo añandiendo tus comentarios:

 

volver

 

 

SÚPER GUARDIAS
"Una historia de nunca acabar"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

hoy

volver